Alexis Jovan

ÍNDICE

Introducción

I.- El contexto mundial: una grieta en el sistema capitalista

Del boom de la posguerra a la extensión global de la revolución

Crisis de la Universidad y radicalización de la juventud

II.- Contexto nacional, desenvolvimiento y claves del 68 mexicano

Declive hegemónico del régimen posrevolucionario

Una periodización tentativa del movimiento

El ’68: ejes fundamentales del movimiento

III.- Conclusiones: balance estratégico e histórico del movimiento del ‘68

Lecciones: aciertos y errores del movimiento

Un desenlace contradictorio: alcances y límites del proceso

 

Introducción

A 50 años de los acontecimientos internacionales que marcaron el año del ’68, elaboramos este documento que pretende reivindicar la memoria histórica del movimiento en México, tocando tangencialmente procesos en otras latitudes. Comenzamos por una resumida exposición del contexto internacional y nacional así como de los antecedentes del proceso; nos adentrarnos, después, en un análisis de sus formas de organización, su pliego de demandas así como sus tácticas de lucha y sistema de alianzas; posteriormente, realizamos un balance estratégico e histórico del movimiento y, para finalizar, intentamos extraer algunas lecciones y conclusiones para la lucha revolucionaria actual en México.

I.- El contexto mundial: una grieta en el sistema capitalista

Del boom de la posguerra a la extensión global de la revolución

El ’68 fue un fenómeno que por sus causas, expresiones y consecuencias tuvo un carácter mundial. En lo que respecta a sus raíces históricas y estructurales, el 68 fue hijo de las contradicciones del desarrollo capitalista tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El período de posguerra, estuvo marcado por la división del mundo en dos grandes campos, como consecuencia del reparto de zonas comerciales de influencia y los pactos establecidos entre las potencias vencedoras (EUA, Inglaterra y la URSS) tras el conflicto bélico.

Mientras en el occidente capitalista, durante un cuarto de siglo, se desplegó un auge económico derivado del desarrollo técnico-industrial conquistado durante la guerra; el bloque socialista se amplía con la invasión soviética hacia los países del Este de Europa (expropiando a la burguesía y constituyendo regímenes burocráticos alineados a la URSS) así como con las revoluciones populares triunfantes en el Tercer Mundo, llevando a que más de un tercio de la población mundial viviera en sociedades post-capitalistas.

Asimismo, el escenario internacional se haya definido, de un aparte, por el establecimiento de Estados de Bienestar producto del crecimiento económico y las conquistas logradas por la lucha reivindicativa del proletariado en diversos países (políticas de redistribución de la riqueza, fomento del empleo, sistemas amplios de seguridad social y masificación educativa, etc.) que mejoraron las condiciones de vida de la clase trabajadora y las oportunidades de ascenso social (cimentado en una industria cultural y una sociedad comercial que realza los valores consumistas); de otra parte, por el clima ideológico de la Guerra Fría que implicó el despliegue de una carrera industrial-armamentista entre la URSS y Norteamérica así como una campaña anticomunista alrededor del orbe occidental encabezada por EUA, propiciando un mayor endurecimiento represivo en los Estados capitalistas.

En ese contexto, se produjo un proceso de integración por parte de un sector privilegiado del proletariado y de las nuevas clases medias que se insertaron en la naciente “sociedad de consumo” bajo el auspicio de las dirigencias sindicales y de los partidos tanto socialdemócratas como comunistas que se alinearon al pacto corporativo derivado de la guerra. Ello, en combinación con el ambiente represivo y el prolongado bienestar socio-económico, hizo creer a diversos teóricos y dirigentes políticos, la imposibilidad del surgimiento de procesos revolucionarios de gran envergadura. No obstante, el statu quo imperante tuvo un quiebre sistémico al emerger diversos procesos revolucionarios que se fueron gestando a lo largo del período.

Primeramente, se riega la revolución en las regiones dominadas por el imperialismo. Desde 1949 había triunfado la revolución china cimbrando a todo el continente asiático; en 1952 la Central Obrera Boliviana (COB) dirigía la primera revolución obrera en Latinoamérica y, en Cuba, triunfaba la primera revolución socialista unos años después (1959), extendiéndose el movimiento guerrillero y popular por toda la región; por su parte, la guerra de liberación de Argelia (1954-1962) y la Guerra de Vietnam (1955-1975) marcaban el inicio de los movimientos anticoloniales y antiimperialistas que se esparcieron por todo el Tercer Mundo en las siguientes décadas.

Este fenómeno de ascenso de la lucha de clases en la periferia del sistema también alcanzó a las principales potencias económico-militares. El régimen burocrático estalinista en la URSS fue el primero en estremecerse al efectuarse la ruptura del dirigente yugoslavo (Tito) con Stalin (1948); posteriormente, se desencadenan fenómenos revolucionarios en los países donde se había implantado burocráticamente el “socialismo” como en Alemania oriental (1953), Hungría y Polonia (1956) y, una década después, en Checoslovaquia (1968); procesos, todos ellos, sofocados por vía de la invasión militar soviética.

Del otro lado del muro de hierro, en el occidente capitalista, también se esparce la efervescencia socio-política a partir del desgaste del modelo de acumulación fordista-taylorista y el resquebrajamiento irreversible del sistema de dominación colonial. Entre finales de los 50’s y principios de los 60’s resurge la lucha obrera en Europa con demandas no meramente económicas sino que cuestionan directamente el autoritarismo de los regímenes políticos y el despotismo de la fábrica a través huelgas generales, la ocupación y autogestión de empresas así como enfrentamientos callejeros con las fuerzas del orden, siendo Bélgica (1960-61), Italia y Alemania (1967) antecedentes de lo que vendría con la huelga general de más de 10 millones de obreros en el mayo francés del ‘68.

Paralelamente, se extiende un movimiento internacional, encabezado principalmente por la juventud estudiantil, opuesto a la proliferación armamentista y en solidaridad con las luchas de liberación de los pueblos oprimidos. Sería en las entrañas de la principal potencia capitalista, los Estados Unidos, donde este proceso se expresaría con mayor radicalidad a través de las manifestaciones masivas contra la guerra de Vietnam, el movimiento por los derechos civiles de la población afroamericana así como en la lucha de las Panteras Negras contra la segregación racial y la brutalidad policíaca a través de la autodefensa armada, proyectos comunitarios y la conformación de un partido revolucionario.

Crisis de la Universidad y radicalización de la juventud

Otro de los factores que marcó el carácter del 68 tuvo que ver con la crisis del sistema educativo a nivel internacional, que convirtió a las universidades en el eslabón más débil del orden capitalista. Si hasta mediados del siglo XX las Universidades constituían estructuras aristocráticas a las que acudían solamente hijos de las élites político-económicas, posterior a la II Guerra Mundial, las nuevas necesidades de innovación tecnológica, programación económica y administración estatal requirieron de la formación de cuadros técnicos y burocráticos especializados, promoviendo un proceso de masificación educativa que amplió la composición social del estudiantado universitario.

Con el auge económico y la ampliación de la oferta educativa, surgen nuevos sectores de clase media que aprovechan el acceso a las Instituciones de Educación Superior como mecanismo de movilidad social; esta tendencia alcanzó, incluso, a una parte marginal de las familias proletarias y populares como producto de una relativa mejora en sus condiciones de vida. Sin embargo, la expansión de los sistemas universitarios trajo consigo una serie de problemáticas en el plano educativo, social y económico que, posteriormente, tuvieron repercusiones a nivel político.

Por un lado, se produce un choque entre la subsistencia de anquilosadas estructuras académicas y de gobierno de las Universidades, enfrentadas a mayores presiones por modernizar (mercantilizar y tecnificar) los contenidos, métodos y planes de enseñanza e investigación de las instituciones educativas para adecuarlas e incorporarlas de forma más orgánica hacia la lógica de acumulación del capital; por otro lado, si bien la masificación de la educación superior respondió a la creciente demanda social por formación universitaria, en contraparte, produjo un sobrepoblamiento de las universidades que se vio reflejado en el empeoramiento de las condiciones de estudio al interior (aulas con sobrecupo, carencia de servicios e insumos escolares, falta de profesores, etc.).

Pero los efectos de la masificación se expresaban también fuera de las instituciones educativas pues, conforme el modelo de desarrollo económico fue desgastándose y el mercado laboral comenzó a saturarse, los egresados universitarios se enfrentaron a la proletarización del trabajo técnico, intelectual y profesional, que comenzó a adquirir características que antes solo poseía el trabajo obrero-industrial: dificultades estructurales de desempleo, baja de salarios, superespecialización laboral, realización de tareas mecánicas, afectando así el proceso de formación universitaria.

Esta alienación y opresión en el medio universitario, provoca el estallido de masivas protestas estudiantiles que rápidamente sobrepasa las reivindicaciones meramente académicas (menos exámenes, más profesores, mayor presupuesto, infraestructura y equipamiento escolar) y dan un salto hacia el cuestionamiento de las formas de gobierno universitario, la exigencia de mayor participación estudiantil en las decisiones institucionales, proyectos de autogestión educativa, y la construcción de discursos críticos hacia el papel que juega la Universidad como institución que sirve al capital y reproduce la ideología dominante.

Sólo así es entendible cómo los movimientos estudiantiles rápidamente pasan del cuestionamiento de la Universidad a la crítica y la lucha por transformar la sociedad en su conjunto, poniendo en tela de juicio la alienación y estandarización propia de la sociedad de masas; al autoritarismo que subyace a los regímenes de democracia representativa; la hipocresía moralina y el conservadurismo de la cultura occidental; el militarismo, la explotación y la desigualdad sobre la que descansan el progreso económico y tecnológico de las sociedades avanzadas.

Así, las revueltas juveniles de mediados de siglo representaron un quiebre del sistema capitalista en varios frentes. Desde las expresiones contraculturales (la música rock, la onda beat, el movimiento hippie, etc.) y la liberación sexual que cuestionaron los roles y las jerarquías tradicionales en la familia y en todos los niveles de la sociedad occidental, apostando por nuevas formas de pensar, de ser y de vivir; hasta los movimientos antiautoritarios de protesta de la juventud estudiantil y obrera que pusieron en jaque los regímenes políticos de aquella época, tanto a las supuestas democracias burguesas en el campo occidental como las burocráticas democracias populares en el socialista.

Se vivían tiempos de gran efervescencia cultural y política a nivel mundial: las derrotas de EUA en Vietnam, cuyo símbolo lo representaba el Vietcong dirigido por Ho Chi Minh; la Revolución Cultural en China y las protestas antiburocráticas en la URSS, que retomaban los postulados de Mao-Tse Tung y de León Trotsky; la estrategia del foquismo guerrillero que diseminaba la imagen del Ché Guevara por América Latina. Todos esos procesos eran las referencias ideológicas y políticas que animaban a la juventud a nivel mundial.

Es así que, de Praga a Beijing, desde Tokyo hasta Berkeley, de la Ciudad de México hasta Córdoba, en todas las regiones del mundo y en países con distintos niveles de desarrollo e, incluso, con sistemas sociales diferentes, en esos años se sucedieron una serie de acontecimientos que dejaron conmovidas las estructuras sociales, políticas, ideológicas y culturales del sistema capitalista alrededor del orbe, siendo el año de 1968 el momento más álgido de aquella época revolucionaria.

II.- Contexto nacional, desenvolvimiento y claves del 68 mexicano

Declive hegemónico del régimen posrevolucionario

México no fue ajeno a la efervescencia social y política prevaleciente en el período de posguerra a nivel mundial; pero para comprender los sucesos que ocurrieron en nuestro país, es necesario remontarse en el pasado al proceso histórico nacional que desembocó en el movimiento estudiantil y popular de 1968.

A inicios del siglo XX, México había atravesado por un proceso revolucionario que acabó con una dictadura oligárquica de más de 3 décadas, encabezada por Porfirio Díaz. Tras una década de cruenta guerra civil, se impuso el bando de los constitucionalistas, representantes de las fuerzas hacendadas y burguesas, que constituían facciones disidentes del viejo régimen; siendo derrotados los Ejércitos convencionalistas de Villa y Zapata, que representaban a los sectores campesinos y populares. De este hecho se deriva el carácter que asumiría el moderno Estado mexicano.

A pesar de que los sectores más radicales de la revolución mexicana fueron derrotados, el bando triunfador tuvo que retomar varias de sus demandas fundamentales que quedarían plasmadas en la Constitución de 1917; sobre todo, porque en las décadas subsecuentes continuó la presión de las masas con la conformación de ligas campesinas, sindicatos, centrales obreras y organizaciones populares que, a través de la ocupación de tierras, huelgas y movilizaciones a lo largo del país, obtuvieron grandes conquistas sociales en materia de reparto agrario, legislación laboral, seguridad social, educación pública e, inclusive, de soberanía económica al lograr la nacionalización de recursos naturales y sectores industriales estratégicos (petróleo, minas, ferrocarriles, electricidad, etc.).

Sin embargo, a partir de la década de 1940, el Estado da un giro reaccionario que, bajo un discurso modernizador, en realidad, justificaba el intento por poner freno al empuje revolucionario de las masas, desmantelar paulatinamente las conquistas sociales obtenidas, consolidar la estabilidad e institucionalización del régimen posrevolucionario e impulsar una mayor subordinación de la economía mexicana a los intereses imperialistas, particularmente norteamericanos. Conforme a ello, ocurre una doble dinámica en la situación del país.

Si bien se emprende un proceso de industrialización acelerada y desarrollo del mercado interno (aprovechando la coyuntura favorable abierta por la II Guerra Mundial), lo cual aumenta la masa del proletariado y de nuevos sectores urbanos, de la mano del crecimiento económico y demográfico, el proceso de urbanización, la extensión de servicios sociales y la expansión del aparato gubernamental; sin embargo, este auge económico sólo impacta en algunos sectores sociales, pero no se traduce en una mejora sustantiva de las condiciones de vida de la mayoría de la población,

Lo anterior se combina con el autoritarismo prevaleciente en la vida pública del país, caracterizada por un sistema político de partido hegemónico (con partidos marginales de oposición leal al régimen), cimentado en la figura fuerte del Presidente (con la subordinación de todas las instituciones formales y fuerza políticas al Poder Ejecutivo) y sostenido con base en estructuras de control corporativo sobre los distintos sectores obreros, campesinos y populares (a través del charrismo sindical y la integración de las organizaciones de masas al partido de Estado) así como en los mecanismos de represión y censura estatal (policía, ejército, guardias blancas, medios de comunicación) que coartaban toda tentativa de organización y expresión política independiente del pueblo mexicano.

Sin embargo, conforme el modelo económico basado en la sustitución de importaciones comenzó a declinar, fueron deteriorándose las condiciones de vida de la población, provocando un gran auge de la lucha obrera, popular y estudiantil que se extendería desde mediados de la década de los 40’s hasta finales de los 60’s. Se generaliza la toma de tierras por parte del campesinado; los sindicatos emprenden la lucha por defender sus derechos sindicales y sus salarios. Telegrafistas, petroleros, telefonistas, ferrocarrileros, maestros y médicos, entre otros sectores, emprenden la lucha por la democratización de sus sindicatos y por la mejora de sus condiciones de trabajo.

El estudiantado también se lanza a la lucha alrededor del país en exigencia de sus propias demandas y en solidaridad con las diversas luchas obreras y populares de la época. Entre las décadas de los 40’s y 50’s los estudiantes de las escuelas normales, agrícolas y tecnológicas se levantan en defensa de la educación de corte popular, siendo su hito más importante la huelga del Instituto Politécnico Nacional de 1956. Posteriormente, surge el “movimiento camionero” de 1958 en que los universitarios secuestran decenas de unidades de transporte logrando echar abajo el alza de tarifas. Igualmente, en el interior de la República se suceden durante los 60’s innumerables movimientos estudiantiles locales que se vinculan con las demandas populares, cuya más dramática expresión fue la huelga de la Universidad Nicolaíta de Morelia, en 1966.

La única respuesta del gobierno durante este período fue una ofensiva represiva generalizada que llevó a la ocupación militar de diversos institutos y universidades; la clausura de internados y comedores estudiantiles; el cierre y desmembramiento de escuelas, así como el encarcelamiento de rectores, dirigentes estudiantiles y sindicalistas (como el nicolaíta Eli de Gortari, el politécnico Nicandro Mendoza o los ferrocarrileros Valentín Campa y Demetrio Vallejo -acusados del delito de “disolución social”, definido en el artículo 145 del Código Penal-); la disolución violenta de huelgas y ocupación militar de fábricas; el asesinato de líderes campesinos y guerrilleros como Rubén Jaramillo (1962) y Arturo Gámiz (1965), así como un mayor control corporativo de las organizaciones gremiales.

En medio de estos procesos, algunas organizaciones estudiantiles fueron descabezadas y controladas por el Gobierno -como el caso de la federación de estudiantes técnicos (FNET)-, otras fueron hegemonizadas por facciones progubernamentales -principalmente en el interior de la República, vinculadas a la corriente popular-reformista de Vicente Lombardo Toledano- y, asimismo, emergieron nuevas expresiones de articulación que pusieron en tela de juicio el control corporativo sobre el estudiantado, como fue el caso de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) -hegemonizada por las Juventudes Comunistas del PCM-, nacida al calor de las movilizaciones estudiantiles de mediados de los 60’s que antecedieron al proceso del 68; el cual, como vemos, fue simplemente la culminación de un ciclo de protestas que venían acumulándose a lo largo de esos años.

Solamente teniendo en cuenta el contexto antes descrito es comprensible cómo la intervención policial contra una simple reyerta estudiantil en la capital del país, desembocara en un movimiento social y político de magnitudes nacionales. Ahora bien, antes de pasar a su análisis, es necesario exponer los momentos más importantes a través de los cuales se desenvolvió el proceso.

Una periodización tentativa del movimiento

a)      Del  23 de julio al 1ro de agosto es la fase de inicio del movimiento, que surge como reacción ante la brutalidad policíaca, a raíz de un enfrentamiento entre estudiantes de la preparatoria particular Isaac Ochoterena y de las escuelas vocacionales 2 y 5 del IPN, tras un partido de fútbol, en el cual intervinieron violentamente granaderos del DF. Así, el pleito callejero se tornó en un enfrentamiento con la policía. Entre el 23 y el 25 de julio el cuerpo policíaco allana las vocacionales, golpeando y aprehendiendo a centenares de jóvenes. Ante la presión de los estudiantes, la federación politécnica se ve obligada a convocar a una movilización de protesta para la cual pide permiso al gobierno capitalino; el Departamento del DF autoriza la movilización para el 26 de julio, fecha en que también la CNED había convocado una marcha en conmemoración del aniversario de la Revolución Cubana.

Ambas movilizaciones se realizaron aquel día, coincidiendo en la zona centro de la ciudad; a pesar de que los organizadores pretenden finalizarlas, los contingentes estudiantiles los rebasaron y marcharon hacia el Zócalo en protesta por la violencia. Empero, el cuerpo de granaderos interceptó la marcha por lo que resultó una nueva trifulca que se extendió por el viejo barrio universitario, abarcando todo el centro de la ciudad, donde los estudiantes quemaron autobuses, levantaron barricadas y se enfrentaron a la policía, la cual tuvo que llamar al Ejército para que se hiciera cargo. Hasta el 29 de julio, tras 3 días de batalla, la infantería vence la resistencia estudiantil por lo cual los estudiantes se refugian en el antiguo Colegio de San Ildefonso, donde militares vuelan con una bazuca la puerta del recinto, procediendo a golpear y detener a decenas de estudiantes, profesores y secretarias.

La ocupación militar de las preparatorias desata la indignación universitaria; el mismo rector José Barros Sierra declara el 30 de julio día de luto, iza la bandera a media asta en un acto realizado en Ciudad Universitaria y convoca a una movilización que encabezará el 1ro de agosto en protesta por la violación de la autonomía universitaria. Este suceso le da legitimidad al movimiento estudiantil, pues echa por tierra la versión gubernamental de que se trataba de una “conspiración comunista” encaminada a boicotear los Juegos Olímpicos que se celebrarían ese año en México, y brinda cobertura política a las protestas estudiantiles que adquirirán una magnitud masiva al lograr la solidaridad de diversas universidades así como de amplios sectores populares.

b)      Entre el 2 y el 27 de agosto ocurre la etapa de ascenso del movimiento con la generalización de la huelga estudiantil y el despliegue de una gran diversidad de formas de organización y lucha que provocan un repliegue del gobierno. El 2 de agosto se constituye el Consejo Nacional de Huelga (CNH) con la representación de estudiantes electos por las asambleas y comités de lucha de diversas escuelas, ya por entonces en huelga. Días más tarde, el CNH elabora el pliego petitorio (libertad de los presos políticos, destitución de los jefes de policía, extinción del cuerpo de granaderos, eliminación del delito de “disolución social”, indemnización a las víctimas de la represión, deslinde de responsabilidades respecto a los excesos represivos), enarbolando el respeto a las libertades civiles y políticas, así como un diálogo público con el gobierno para la solución del conflicto.

Desde los primeros días se integran al CNH decenas de comités de lucha de escuelas públicas y privadas de todo el país, y se conforman, igualmente, cientos de brigadas estudiantiles que sostuvieron y difundieron al movimiento entre la población. Para el día 5, a pesar de la negativa del director y de la federación del Politécnico, marchan 125 mil estudiantes del IPN, UNAM, Chapingo y de las Normales. El 7 de agosto, se constituye la Coalición de Maestros de Enseñanza Media y Superior solidarizándose con los estudiantes y haciendo suyo el pliego petitorio del CNH, lo que posteriormente replica la Asamblea de Intelectuales, Artistas y Escritores así como la Colación de Padres de Familia, en apoyo al movimiento.

El CNH desplegará el 10 de agosto su primer “manifiesto a la opinión pública” en el que convoca a la marcha del 13 de agosto que partiría del Casco de Santo Tomás y que, por su masividad (250 mil personas), sería la primera que lograría llegar al Zócalo capitalino -hasta entonces de uso exclusivo para los actos gubernamentales y vedado completamente para los movimientos sociales. A mediados de mes, el movimiento conquista la solidaridad más amplia logrando incluso que, el 15 de agosto, el Consejo Universitario de la UNAM recoja algunas de las demandas del movimiento. Es así como, para el 27 de agosto, alcanza su ápice más alto con la marcha que convocó a medio millón de personas, arribando nuevamente al Zócalo y exigiendo un diálogo con el presidente Díaz Ordaz, el día de su informe de gobierno.

c)      A partir del 28 de agosto al 17 de septiembre se configura un equilibrio de fuerzas que polariza la situación política del país. Ante el ascenso de la movilización, el gobierno se ve obligado a aparentar un acercamiento con el CNH, sin embargo, ningún intento fructifica debido a la renuencia gubernamental de aceptar las condiciones de los estudiantes para entablar el diálogo. Esto da pie para que el gobierno monte una provocación buscando frenar el impulso estudiantil. Así, justificándose tras el supuesto acto de unos estudiantes que bajaron el lábaro patrio y colgaron una bandera rojinegra durante la guardia que permanecería en la plancha del Zócalo tras la marcha del 27 de agosto hasta el 1ro de septiembre, esperando el diálogo con el Presidente, las autoridades mandan tanquetas militares a desalojar el lugar.

El gobierno intenta organizar una “marcha de desagravio” con empleados gubernamentales, los cuales, en vez de apoyar al gobierno, denuncian que los llevaron bajo coacción y acarreo, por lo que el Ejército también arremete contra la manifestación. Entonces, se recrudece el linchamiento mediático y la represión hacia el movimiento, con la persecución policial a los brigadistas y el hostigamiento de grupos porriles y paramilitares a los paros escolares. En respuesta, el movimiento desplegó sus propios medios para contrarrestar la campaña mediática en su contra, a través de desplegados en periódicos y revistas, con la reproducción de carteles y volantes hechos en los mimeógrafos de la Universidad, convirtiendo la Gaceta Universitaria en el órgano informativo del CNH, y coloreando la ciudad con miles de pintas y mantas.

En ese contexto se dio el informe presidencial de Díaz Ordaz, en el cual se advierte sobre la intención de usar la fuerza pública contra el movimiento. Comienza así, en septiembre, una etapa de realineamientos políticos en torno al conflicto. Por un lado, el gobierno recrudece la represión e intenta aglutinar una base social en contra del movimiento estudiantil: la CTM, principal organismo corporativo del régimen, se asume dispuesta a enfrentarlo violentamente; los organismos patronales dan su completo respaldo a las acciones represivas; y ante la presión gubernamental, el rector de la UNAM llama a retornar a clases.

En contraparte, el CNH emprende una estrategia que combina la búsqueda de una mayor vinculación con otros sectores sociales, el establecimiento de una ruta de diálogo con el gobierno y la convocatoria a manifestaciones multitudinarias. En ese tenor, el movimiento realiza una marcha silenciosa el 13 de septiembre que convoca a más de 250 mil personas y para el 15, se realizan diversos festivales estudiantiles y populares en CU, Zacatenco y Tlatelolco, en conmemoración del día de la Independencia.

d)      el gobierno reacciona emprendiendo una escalada represiva que se desataría hacia finales de septiembre y principios de octubre, con ello, se rompe toda posibilidad de diálogo en los términos exigidos por el movimiento y, en contraparte, eso lleva a un endurecimiento de las posturas por parte del CNH, tras la ocupación militar de Ciudad Universitaria, que dura entre el 18 y el 30 de septiembre, en la que se arrestaron a más de mil estudiantes;  hecho que motiva al rector de la UNAM a presentar su renuncia, misma que es rechazada ante el respaldo de la comunidad universitaria;

Tras la toma de CU, el CNH decidió sesionar y organizarse en las unidades del Politécnico. Pero, bajo la expectativa de que el gobierno pudiera enviar también allí al Ejército, se hicieron preparativos para resistir pues los centros escolares, particularmente las unidades centrales de las instituciones educativas más grandes como eran la UNAM y el IPN, constituían los baluartes estratégicos del movimiento. Es en ese ambiente que ocurre una de las gestas más heroicas y trascendentes no sólo del ‘68 sino en la tradición histórica del movimiento estudiantil y popular mexicano.

Entre la tarde del 23 y la madrugada del 24 de septiembre se suceden una serie de violentos enfrentamientos entre las fuerzas públicas y los estudiantes politécnicos que desembocan en la “batalla del Casco de Santo Tomás” donde el estudiantado, tanto de las escuelas superiores como vocacionales del IPN, defiende sus escuelas con barricadas, bombas molotov, piedras y palos, bazucas de fabricación casera, quema de automóviles y patrullas, resistiendo durante más de 12 horas la acción conjunta de varios cuerpos policíacos que no logran vencer la férrea determinación defensiva de los estudiantes, la cual cede solamente ante el arribo de las fuerzas armadas.

Sin embargo, en realidad esta intensa jornada de lucha se extendió geográfica, social y temporalmente en varios frente articulados, pues de manera paralela a los enfrentamientos en Santo Tomás, se libran batallas en Tlatelolco donde los estudiantes de la voca 7 – apoyados por alumnos de otras escuelas así como por grupos de vecinos de las unidades habitacionales y de las colonias populares aledañas- bloquean avenidas, colocan barricadas, queman patrullas y entablan confrontaciones callejeras como táctica para distraer a las fuerzas represivas concentradas en Santo Tomás y que, posteriormente, se dirigen a cercar Zacatenco, unidad que es defendida exitosamente pues no logra ser tomada por los cuerpos del orden.

Tras la ocupación y el cerco sobre las instalaciones de las principales instituciones educativas, el movimiento estudiantil se repliega de manera desordenada, permeando un ambiente de confusión; las escuelas se ven abandonadas, la participación en brigadas y la asistencia a asambleas se ve drásticamente reducida, los principales dirigentes del CNH se ven obligados a pasar a la clandestinidad (con graves dificultades para sesionar en casas particulares) pues el gobierno ha impuesto de facto un estado de sitio sobre la capital del país que queda custodiada por el Ejército en distintas zonas de la ciudad.

Sin embargo, a pesar de verse menguado en la capital, el movimiento no se detiene pues las brigadas y los mítines continúan aún bajo las condiciones más adversas y, al contrario, se generaliza la huelga estudiantil en el interior de la República en repudio a la ocupación militar de la UNAM y el IPN; además, el estudiantado comienza a despertar y generar vínculos más estrechos con distintos sectores que, durante esa difícil etapa, dan cobijo al movimiento que se funde entre los barrios populares y obreros de la capital. Particularmente, la zona de Tlatelolco se convierte en el centro de operaciones del movimiento, llevándose a cabo varias actividades de protesta hasta la realización del mitin en la Plaza de las Tres Culturas, convocado para el 2 de octubre.

e)      Con ello viene la última etapa del movimiento en la que se despliega con toda su fuerza la contraofensiva gubernamental. Así, a pesar de que por la mañana se había llevado a cabo una reunión entre una comisión del CNH y agentes del gobierno, decidiéndose suspender la marcha que se realizaría después del mitin previsto, por la tarde, 6 mil elementos del Ejército rodearon la Plaza de Tlatelolco y, respondiendo a la provocación montada por un grupo paramilitar especializado denominado “Batallón Olimpia” (encargado con la tarea de aprehender a los dirigentes del CNH), ocuparon la plancha de la Plaza y dispararon durante horas contra las miles de personas ahí reunidas mientras fueron allanando casa por casa en búsqueda de quienes se había escondido en los alrededores. Decenas fueron masacrados y desaparecidos, centenares fueron detenidos y llevados a campos militares donde sufrieron torturas y vejaciones; miles resultaron heridos por las fuerzas policiales, militares y paramilitares que participaron en la operación.

El movimiento quedó desarticulado, ante la parálisis y el terror que sembró lo ocurrido, lo cual llevó, primero, al repliegue de los estudiantes a partir de la salvaje represión y, posteriormente, ante los errores de quienes quedaron al frente del CNH, al reflujo del movimiento. Durante la “tregua olímpica” de octubre, quienes quedaron libres recorrieron la ciudad buscando, junto a los familiares de las víctimas, a los desaparecidos y exigiendo la libertad para los detenidos. A lo largo de noviembre, todavía se pudieron efectuar algunos mítines y asambleas en las que se debatió sobre el retorno a clases, permaneciendo la determinación de proseguir el movimiento hasta que se liberara a los presos y se desocuparan todas las escuelas.

Sin embargo, hacia finales de noviembre, los estudiantes de diversas escuelas comenzaron a entregar instalaciones bajo el llamado hecho por los restos del CNH que, por entonces, ya había sido hegemonizado por los dirigentes de las Juventudes Comunistas del PCM quienes impusieron el regreso a clases, que se decidió formalmente el 4 de diciembre todavía con el rechazo de diversas escuelas; las cuales,  finalmente, cedieron ante la creciente desmoralización y división que prevalecía en el movimiento. Un día después, el 5 de diciembre, el CNH es disuelto y se convoca a una manifestación para el 13 de diciembre, la cual es impedida por la policía. Con las festividades de fin de año, el movimiento se dispersa y, finalmente, a inicios de enero de 1969, las últimas escuelas son entregadas; con ello se inicia el retorno a clases en la mayoría de universidades y concluye el movimiento.

El ’68: ejes fundamentales del movimiento

Para sacar las lecciones correctas del movimiento estudiantil y popular de 1968 en México, primero es necesario entender las claves que determinaron su carácter, las cuales, a la vez que lo vincularon, también lo diferenciaron de los procesos coetáneos en otras regiones del planeta.

Una primer aspecto tiene que ver con su vertiente internacionalista, que no reside únicamente en su simultaneidad con las movilizaciones a escala mundial, derivada de los procesos de internacionalización del capital que vinculan los procesos económicos, políticos, sociales y culturales a nivel internacional, sino que se refiere, sobre todo, a que existía una solidaridad activa y una identificación entre las luchas, a pesar de que no hubiera relaciones directas entre los distintos referentes organizativos que encabezaron los  movimientos en cada país (lo cual representó una limitante). Ello se relaciona también con su carácter antiimperialista, pues a pesar de tener reivindicaciones meramente nacionales, se desplegaron diversas formas de apoyo a las luchas no sólo estudiantiles, sino obreras y populares que sucedían en otras regiones.

Una segunda veta se refiere a su carácter profundamente político y antiautoritario, pues de comenzar como una reacción a la represión, el movimiento escaló inmediatamente hacia el planteamiento de demandas netamente políticas que cuestionaron los cimientos antidemocráticos del régimen posrevolucionario, la figura de autoridad del Presidente así como las estructuras de control corporativo-institucional que ejercía sobre los diversos sectores de la población. Lo que se combinó con la puesta en tela de juicio, simultáneamente, de las estructuras de gobierno de las universidades así como de las relaciones jerárquicas en la familia y en otros ámbitos de la sociedad.

En ese sentido, el movimiento también tuvo una matriz tanto académica-estudiantil como juvenil-generacional, pues no estuvieron fuera de sus preocupaciones y discusiones cuestiones como la autogestión educativa, la democratización universitaria, la apertura de los centros educativos hacia el pueblo; mientras, por otro lado, se expresó un profundo rechazo a las costumbres y valores tradicionales de la sociedad y la cultura patriarcal, machista y conservadora de aquella época.

Asimismo, el movimiento asumió un carácter popular, pues no sólo recogió reivindicaciones que se habían venido planteando por una serie de luchas obreras y populares en décadas anteriores, sino que logró convertirse en la voz y la representación de una sociedad acallada por la censura y la represión del régimen; además, logró constituirse en un referente de alcance nacional en el que diversos sectores populares vieron reflejadas sus aspiraciones de transformación social.

Finalmente, si bien el movimiento de 1968 asumió un contenido predominantemente democrático, simultáneamente, adquirió una forma revolucionaria pues a pesar de pugnar por libertades democráticas, lo hizo a la forma plebeya, a través de métodos de lucha revolucionarios, ejerciendo en los hechos, durante todo el tiempo que duró el movimiento, los derechos y libertades políticas de expresión, reunión, manifestación por las cuales peleaba, construyendo una democracia directa no solo en las aulas y en las asambleas, sino en las calles y en el conjunto de la vida pública.

III.- Conclusiones: balance estratégico e histórico del movimiento del ‘68

Lecciones: aciertos y errores del movimiento

En los pocos meses de su existencia, el movimiento del 68 constituyó un gran proceso de masas que, si bien fue dirigido principalmente por el estudiantado de la capital, logró agrupar a decenas de centros educativos públicos y privados del país, y a pesar del aislamiento inicial en el cual surgió, debido a las derrotas que habían sufrido otros sectores sociales, también pudo aglutinar a miles de padres de familia y vecinos de unidades habitacionales cercanas a las escuelas que asistieron a las asambleas estudiantiles mostrando su apoyo; así como trabajadores que, al grito de “muera el charrismo” y “apoyo a los estudiantes”, generaron comités obrero-estudiantiles y acciones en solidaridad al movimiento; por su parte, los jóvenes respondieron al apoyo popular extendiendo la labor de las brigadas y los comités de lucha llegando, inclusive, a generar gérmenes de vinculación orgánica con sectores del movimiento obrero, campesino y urbano-popular en zonas barriales (Tlatelolco), industriales (Azcapotzalco) y rurales (Topilejo).

El CNH constituyó el órgano de dirección política del movimiento, donde se tomaban las decisiones de manera colectiva y democrática en las Asambleas, instancias que fungían como el máximo órgano de deliberación del movimiento; los delegados eran elegidos desde las bases de cada escuela, siendo rotativos y revocables si no cumplían con los mandatos de sus asambleas, lo que evitó en gran medida la corrupción del movimiento, pues funcionaba en un proceso de abajo arriba y de arriba abajo, en el que las discusiones se originaban entre las bases desde las asambleas locales; cada delegado acudía a las sesiones del CNH a defender los acuerdos de su propia asamblea, y los acuerdos centrales bajaban de nuevo a las asambleas locales a ser rediscutidos y/o asumidos por todo el movimiento. Sin embargo, no descartó las formas centralizadas de organización, sino que fue un movimiento flexible capaz de adecuarse a las circunstancias de la lucha, llegando a elegir un Comité Central para evitar que la represión descabezara y desarticulara la lucha.

Durante el movimiento se originaron decenas de comités de lucha que llevaban a cabo las tareas diarias de organización y agitación; de igual forma, surgieron cientos de brigadas que circulaban por toda la ciudad y en el interior de la República, las cuales recolectaban dinero para financiar al movimiento (boteos), se vinculaban con la población y explicaban las demandas del movimiento, difundiendo los acuerdos y convocatorias a través de volantes, camioneos, mítines relámpago, foros abiertos, teatros callejeros, pintas, periódicos murales y carteles. Así, el movimiento del 68 desplegó sobre la marcha la creatividad de los jóvenes, generando de manera coordinada sus propias formas de lucha que iban desde las brigadas y mítines, la movilización masiva en marchas, la preparación de eventos político-culturales, la huelga que duró varios meses en cientos de centros escolares, hasta el combate callejero contra los granaderos y militares a través de barricadas y grupos de autodefensa.

Pero todo ello fue posible a partir de que la juventud del 68 representó el eslabón más débil del control corporativo del régimen priísta, ya que pudo conquistar su independencia como sector al deshacerse de sus antiguas direcciones y organizaciones burocráticas, y construir nuevas formas de organización y participación política autónomas de las autoridades universitarias y estatales, que le permitieron vincularse con otros sectores sociales, retomando las reivindicaciones históricas del pueblo mexicano. En ese sentido, el movimiento barrió con las antiguas Federaciones Estudiantiles corporativas (FNET, FEU, etc.) e, incluso, rebasó a referentes alienados a organizaciones de izquierda (como la CNED), provocando que las tradicionales corrientes de oposición (comunistas y lombardistas) perdieran su hegemonía en el espectro político, y afloraran nuevas tendencias ideológicas más radicales (trotskistas, maoístas, guevaristas, etc.).

Ahora bien, por lo que respecta a los errores cometidos. Puede decirse que el movimiento fluye casi sin contratiempos en un ascenso ininterrumpido hasta la marcha del 27 de agosto; posteriormente, se desacelera su empuje tras la provocación montada durante la guardia nocturna en espera del diálogo público para el día del informe presidencial, el 1ro de septiembre, constituyendo el primer error del movimiento, pero del que pudo sobreponerse con la marcha del silencio del 13 de septiembre, que le devolvió al movimiento la iniciativa.

Sin embargo, los errores de previsión política y preparación organizativa comienzan a manifestarse en sus consecuencias a partir de la ocupación militar de la UNAM y del IPN pues, al ver que el movimiento no se frenó tras la toma de CU y de Santo Tomás, el gobierno entendió que solamente le quedaba ceder políticamente o aplastar por vía militar al movimiento. Pero ceder implicaba reconocer la legitimidad de la lucha estudiantil, algo que por sí mismo rompía con la lógica del autoritarismo estatal y minaría las bases de sustentación del régimen pues, en circunstancias de profundo y amplio cuestionamiento popular, requería de todos sus pilares para permanecer en pie, por lo que no podía darse el lujo de negociar y mostrar así, su debilidad. Bajo esa lógica, y aprendiendo de los acontecimientos en otras latitudes, al régimen solo le quedaba la represión, pero ésta debía ser aplicada de tal manera y con tal magnitud que garantizara la derrota definitiva del movimiento a la vez que sirviera como castigo ejemplar para el conjunto de la sociedad, con el fin de evitar repercusiones desestabilizadoras.

En esas circunstancias, quienes no entendieron a qué nivel había llegado la situación política del país fueron los líderes estudiantiles que hasta ese momento conducían el CNH pues, a pesar de continuar con la movilización bajo una actitud de intransigencia respecto a sus condiciones para la solución del conflicto (diálogo público, desocupación de campus, libertad de presos y alto a la represión), empero, no supieron leer y asumir tácticamente las implicaciones que derivaban de la polarización y radicalización del proceso (el cual tendía ya por entonces a mostrar rasgos de una situación pre-revolucionaria), sino que seguían confiando en la posibilidad de que el gobierno cediera y el conflicto se resolviera por medio del diálogo.

Por su parte, aprendiendo de lo que sucedía en otros países como en Francia, el gobierno mexicano preparaba ya el terreno para la represión masiva con el objetivo de evitar una mayor desestabilización -al observar cómo el movimiento comenzaba a radicalizarse y vincularse más orgánicamente con otros sectores- y, asimismo, buscando acabar con el movimiento antes del inicio de los Juegos Olímpicos, resguardando con ello, su imagen frente al extranjero.

Debido a la confianza en una solución pacífica del conflicto, el movimiento se mantuvo en una actitud de resistencia civil, valiéndose únicamente de la fuerza como medio de autodefensa ante la represión; y si bien ello le valió hasta un determinado momento una gran simpatía popular, no es menos cierto que, llegando al momento clímax del proceso, se abrió una disyuntiva estratégica entre: a) dar un salto cualitativo de carácter ofensivo con miras a derrocar al gobierno (lo que en algún momento implicaría el uso ofensivo de la violencia, inclusive, armada); b) arriesgarse a un repliegue táctico que pudiera provocar un estancamiento y retroceso momentáneo, pero que permitiría aplazar el choque directo y seguir acumulando fuerzas a fin de prepararse (no en lo inmediato pero sí al mediano plazo) para la maduración de una situación revolucionaria; c) o, como finalmente sucedió, confiar en un continuo desarrollo ascendente y pacífico del movimiento, quedando desguarnecidos y desprevenidos ante un choque decisivo contra la represión militar.

Pero no sólo se trató de errores tácticos sino, sobre todo, de una carencia de perspectiva programático-estratégica del conjunto del movimiento pues, a diferencia de casos como el movimiento francés y el japonés, que se plantearon directamente echar abajo a sus respectivos gobiernos (aunque carecían por igual de un proyecto político-ideológico de transformación social para sustituir al régimen burgués), en el caso del movimiento mexicano, el proceso quedó mucho más rezagado pues se mantuvo en el nivel del peticionismo y la confianza en el diálogo con el gobierno sin que ni siquiera se llegase a plantear el objetivo (que tendencialmente imponían los acontecimientos) de derrocarlo. Sin embargo, no puede culparse a los dirigentes estudiantiles solamente pues las limitaciones del proceso no respondieron solo a factores subjetivos sino también a elementos objetivos del contexto que impusieron un aislamiento inicial del movimiento estudiantil el cual, si bien ya comenzaba a superarse, no logró romper a tiempo el cerco.

Al respecto, un factor de primera importancia para entender por qué en Francia, por ejemplo, la clase obrera pudo reaccionar de manera rápida, masiva y casi unánime a la interpelación hecha por las protestas estudiantiles del  68, no sólo de manera solidaria sino haciendo suya la lucha, yendo a la huelga por sus propias reivindicaciones y asumiendo objetivos generales compartidos, tiene que ver con la existencia del Partido Comunista Francés y de la Confederación General de Trabajadores que constituían organismos reconocidos tradicionalmente por el proletariado francés como sus instancias de representación y lucha; así, a pesar de que jugaron un papel de control y traición (como aquí el PCM), a nivel objetivo dichas organizaciones constituyeron instrumentos capaces de aglutinar y movilizar a la clase obrera, a pesar y en contra de la voluntad de sus dirigencias, por lo que en la etapa de mayor auge, quedaron rebasadas por la presión de las bases obreras, las cuales convirtieron dichos organismos en mecanismos para el combate, a partir del empuje desde las fábricas y los barrios obreros, pasando por fuera o por encima de sus instancias y cúpulas burocráticas. Posteriormente, conforme en Francia ascendía el proceso de lucha y eran enfrentados a una situación revolucionaria, estos organismos fueron mostrando sus límites estructurales, dando pie al surgimiento de nuevos órganos (más flexibles, representativos y combativos) adecuados a las necesidades de la lucha, como fueron los comités de acción obrero-estudiantiles que constituyeron organismos de autodeterminación de las masas, gérmenes de un doble poder.

Aquel fue un fenómeno inexistente (o apenas germinal) en México, debido, por un lado, al control corporativo ejercido por el  Estado sobre las organizaciones de masas y, por otro, debido a las duras derrotas sufridas por el movimiento obrero y popular entre las décadas de los 50’s-60’s, así como a los errores estratégicos cometidos por el PCM -y por el Lombardismo- a lo largo de su trayectoria, los cuales lo habían convertido en una fuerza marginal, sin influencia en el movimiento de masas, (incluso con cierto rechazo entre el estudiantado), propiciando una carencia de referentes políticos independientes reconocidos, lo que se tradujo en un obstáculo infranqueable para la movilización del proletariado mexicano, que reaccionó de manera más retardada, heterogénea y desorganizada, con sólo expresiones dispersas y espontáneas entre algunos grupos de vanguardia y sectores no organizados que comenzaban a solidarizarse y vincularse con el movimiento estudiantil, justo antes de que fuera aplastado militarmente, cuando ya era muy tarde.

Solamente así podemos explicarnos, a diferencia de lo que ocurrió en otros países, el cruento desenlace del proceso mexicano en el ‘68 que no contó con el cobijo que pudiera haberle brindado la intervención masiva y organizada de la clase obrera y demás sectores populares, y que no logró generar una situación de inestabilidad política y de ascenso social que pusiera sobre la mesa el problema de la insurrección y el poder, a pesar de lo amplio y combativo del proceso de lucha desplegado por el estudiantado y las masas que participaron en el movimiento.

Un desenlace contradictorio: alcances y límites del proceso

A pesar del trágico desenlace del movimiento, empero, dicho proceso dejó grandes lecciones no solo para luchas estudiantiles posteriores, sino para el conjunto del movimiento popular mexicano, produciendo enormes repercusiones en la vida política del país y abriendo un período de insurgencia obrera, campesinas y popular así como de nuevos actores (movimiento feminista, LGBT, etc.) que emergieron a la escena política de la lucha de clases como consecuencia del ‘68.

En primer lugar, provocó la politización de grandes capas de la juventud que participó durante y después del 68, las cuales se incorporaron de manera masiva no sólo a la lucha gremial del estudiantado, sino a la lucha política y social en general, sacando como conclusión la necesidad de sumarse a la organización y movilización de los sectores obreros, campesinos y populares que tuvieron gran auge en los 70´s. Así, jóvenes y estudiantes se constituyeron en actores que pugnaron por la transformación democrática de las universidades (generando experiencias de co-gobierno y autogobierno, así como preparatorias y universidades populares autogestivas) y por un cambio real, incluso revolucionario, del conjunto de la sociedad.

En el ámbito meramente educativo tuvo distintas consecuencias. Por un lado, logró que en diversas Universidades del interior se produjera un vuelco ideológico hacia la izquierda (con la elección universal de autoridades, la “marxistización” del currículum y programas radicales de extensión universitaria); incluso, momentáneamente, en la UNAM donde se generó un proceso de democratización, ampliación de la matrícula, profesionalización y mejora de las condiciones del trabajo académico, modificación de los planes de estudio en sentido progresista y la construcción de modelos avanzados de enseñanza como los Colegios de Ciencias y Humanidades (CCH´s) y de las Unidades Multidisciplinarias (ENEP´s). A nivel más general, obligó a que el gobierno implementara una reforma educativa de ampliación del financiamiento estatal a la educación superior, de tolerancia relativa hacia la disidencia universitaria así como de búsqueda de acercamiento y reconciliación entre el Estado y la Universidad con el objetivo de legitimarse entre la clase media urbana y respecto a las universidades que, tras el movimiento del ’68, se convirtieron en centros de oposición al régimen.

Además, este gran movimiento tuvo repercusiones nacionales en el ámbito político y social, pues el 68 significó un punto de quiebre para el régimen corporativo-autoritario hegemonizado por el PRI, provocando una ruptura en la legitimidad de la cual gozaban las instituciones, principalmente la investidura presidencial. Con ello, abrió camino para que, en la década de los 70, diversos sectores campesinos, obreros y populares comenzaran a organizarse por fuera del control corporativo de las estructuras clientelares del PRI, dando luchas por democratizar sus organizaciones y por mejorar sus condiciones de vida. Reaparece así una ola de democratización sindical encabezada por la Tendencia Democrática del SUTERM  y el SUTIN, la cual culminaría con la aparición del sindicalismo universitario y la conformación de la CNTE, a finales de la década; resurge la lucha campesina, conformando nuevas organizaciones como la CIOAC y la CNPA que dirigirán marchas, protestas y tomas de tierras por todo el país; e, igualmente, como continuación de ese proceso, nacen para la década de los 80´s los primeros movimientos urbano-populares  agrupados en coordinadoras nacionales como la CONAMUP que luchará por servicios públicos y vivienda, (estableciendo incluso formas embrionarias de autogobierno) así como frentes popular-sindicales (COSINA), que pugnarán por mejoras en las condiciones de vida de la población así como por mejoras salariales y laborales.

Paralelamente, a raíz del 68 se abrieron espacios políticos para los grupos de oposición, muchos de los cuales fueron cooptados directamente por el PRI, mientras otros buscaron la manera de aprovechar la “apertura democrática” ofrecida por el régimen y se convirtieron en partidos de oposición institucionales. Posteriormente, con la reforma política de 1977, este proceso se exacerba, pues gran parte de la izquierda surgida en y después del 68, acepta las reglas del juego institucional. Tanto partidos de izquierda relativamente grandes (PCM, PPS, etc.), como grupos políticos radicales (trotskistas, maoístas, etc.), se abocan entonces hacia formas de participación electoral, sustituyendo en muchas ocasiones sus principios ideológicos y programáticos por formas de organización partidistas centradas en la ocupación de curules parlamentarios; inclusive, organizaciones sindicales y populares combinaron subordinadamente la organización popular y la movilización social en las calles, con la presión hacia el Congreso, como estrategia de exigencia y negociación con el Estado.

Sin embargo, para los sectores que se resistieron a “enchufarse” al régimen, el gobierno sólo ofreció la represión más encarnizada; frente a ello, estos grupos radicalizados optaron por la lucha armada. Decenas de estudiantes llenaron entonces los contingentes de la guerrilla urbana (con organizaciones como el MAR, la Liga Comunista 23 de Septiembre y las FARP), que venía a sumarse a la ya existente guerrilla rural (que pervivía en las sierras del país con el PDLP de Lucio Cabañas y la ACNR de Genaro Vázquez), procesos que si bien desenmascararon aún más el carácter represor del régimen, mostraron también, los límites del aventurerismo militarista, el cual fue aniquilado militar y políticamente durante la época negra conocida como la Guerra Sucia.

Con lo anterior podemos ver el saldo paradójico que deja el movimiento del 68 pues, a pesar de que fue masacrado, su derrota constituyó una victoria pírrica para el régimen, que se vio obligado a ceder, con el paso de los años, en varias de las demandas del estudiantado (entre ellas la liberación de los presos políticos, ocurrida en 1971, tras una larga huelga de hambre, o, la derogación del artículo 145) así como a reformarse y aperturar el monopolio del poder institucional, resquebrajándose el régimen político emanado de la revolución y abriéndose un nuevo período marcado por la transición democrática que si bien fue producto del empuje del pueblo a lo largo de las décadas de los años 70’s, 80’s y 90’s, asimismo, fue pactada y controlada desde el régimen para que no rebasara los marcos del Estado.

Tal vez en 1968 no lograron configurarse las condiciones para una revolución triunfante o tal vez fueron desaprovechadas por sus protagonistas; eso queda para ser estudiado y analizado con mayor profundidad. Solamente planteamos como hipótesis que, a pesar de las particularidades de la situación específica en cada país, la dinámica de los acontecimientos internacionales imprimía un sello revolucionario al conjunto del proceso como una totalidad y, aunque en el curso de la coyuntura, en ningún país se dio la configuración adecuada de fuerzas y factores para propiciar una situación revolucionaria triunfante, no es menos cierto que, objetivamente, las posibilidades de un proceso que trascendiera el orden instituido a nivel nacional, regional y mundial, estaban a la orden del día. Solamente imaginemos qué probabilidades se hubieran abierto si el movimiento francés, (quizá el más avanzado de todos) hubiera logrado derrocar a De Gaulle entre mayo-junio; ¿cómo hubiera impactado ello en Europa y la URSS e, incluso, en EUA y, a través de ello, en México, en Latinoamérica y en todo el mundo? Pero las condiciones subjetivas, en términos de que no se logró constituir un sujeto histórico revolucionario a lo largo del proceso, capaz de conducirlo correctamente hasta sus últimas consecuencias, impidieron que se materializara el curso que tendencialmente iban adquiriendo los acontecimientos.

En el caso de México, aun cuando no hubiera sido posible el derrocamiento del agónico régimen posrevolucionario, no obstante, el movimiento del 68 podría haber fungido como un primer ensayo general que, de haberse logrado constituir una vanguardia organizada consecuentemente revolucionaria, capaz de extraer las lecciones de la derrota y de resistir tanto los rigores de la guerra sucia como las tentaciones de la apertura democrática, pudiese haber utilizado el período post-68  para reorganizarse y acumular fuerzas suficientes para ser capaz de orientar, en un sentido revolucionario, coyunturas trascendentes en la lucha de clases de nuestra historia como las ocurridas en 1988, en 1994, en 2000 y 2006, y otras más recientes, que, al no existir un referentes político revolucionario, fueron contenidas y capitalizadas por fuerzas de oposición reformistas (o, incluso, de derecha); pero que bien podrían haberse desarrollado hasta niveles mayores de agudización de una crisis revolucionaria que, objetivamente -con dolorosos altibajos pero irrefrenable-, se encuentra en gestación en México desde 1968, pero sin una vanguardia capaz de hacerla realidad.

Permanece entonces, como un gran déficit aún por superar, la construcción de un Partido Revolucionario que aglutine a los elementos más avanzados de los diferentes sectores obrero, campesino, estudiantil y popular en torno a un programa y una estrategia que recoja las reivindicaciones históricas así como las lecciones de los procesos más importantes en la tradición de lucha del pueblo mexicano, capaz de estructurarse orgánicamente entre las masas y ponerse al frente del proceso revolucionario en México. Sin duda, el movimiento de 1968, constituye un acontecimiento fundacional de una nueva época nacional que, a pesar de sus desaciertos y limitaciones, dejó un legado fundamental para la experiencia de lucha revolucionaria del pueblo mexicano. Hoy, a 50 años de distancia, es necesario reivindicar la memoria histórica de aquel glorioso hito en la lucha de clases en nuestro país.

 

¡1968 NO SE OLVIDA, ES DE LUCHA COMBATIVA!

¡NI PERDÓN NI OLVIDO, CASTIGO A LOS ASESINOS!

¡VIVA EL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL Y POPULAR DE 1968!

¡POR LA UNIDAD DE LA LUCHA ESTUDIANTIL, OBRERA Y POPULAR!

¡POR LA CONSTRUCCIÓN DE UN PARTIDO DE LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA A NIVEL NACIONAL E INTERNACIONAL!

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