Alexis Jovan


Comenzaron a “perderse” hace unas décadas,
los campos algodoneros las vieron por última vez
pero aún no las nombraban… desapariciones
tan solo casos aislados, tan solo casualidades.


Hasta que sus nombres fueron pronunciados
en las calles, remembrados en cantos y cruces,
por los pasos lentos pero firmes
de madres encanecidas de tanta esperanza
pero ya sin pena, ya sin resignación.


Hay unas pocas a las que encuentran las ansias
apenas unas cuantas corren esa “suerte”;
con la piel expuesta y las ilusiones ultrajadas
pero ya sin alegría, ya sin aliento.


Sin embargo, las más son arrebatadas para siempre,
arrancadas de la tierra cual raíces
a las que prohibieron seguir floreciendo
pero ya sin pétalos, ya sin espinas.


En las paredes de la indiferencia sorda y ciega
sobre el asfalto agrietado por los desesperados gritos del alba,
quedaron grabadas sus delicadas siluetas
pero ya sin frío, ya sin sombra.

Extraviadas, yacen tras las fronteras del olvido,
[en barrancas baldías por la violencia
y ríos anegados por la impunidad]
descuartizados los anhelos y pulverizados los cuerpos
pero ya sin miedo, ya sin dolor.

Rasgando la incierta penumbra, intentan volver de la tragedia
a ese último instante, ese último respiro,
al hogar donde les espera de nuevo la vida
pero ya sin angustia, ya sin agonía.

A Ana Patricia García Rivero, desaparecida el 30 de enero de 2017 en Tecámac, Estado de México.