Actualmente, vivimos un periodo convulso, de un avance reaccionario del capital aprovechando la pandemia y la crisis, pero también de protestas heroicas que se niegan a doblegarse al miedo para defender su propia existencia como pueblos, como mujeres y como trabajadores, sin las cadenas del Capitalismo. Ante la falta vital de una dirección revolucionaria que articule a todas estas luchas en un mismo puño, se torna imprescindible recuperar la tradición revolucionaria de la clase obrera al rededor del mundo. Por ello, presentamos la primera parte de una serie de entregas semanales que rescatan las primeras luchas llevadas a cabo por el proletariado francés que, después de varias décadas de combate en las calles y en las asambleas deliberativas, logra tomar el cielo por asalto, instaurando su propio Gobierno como trabajadores. Su inspiración continúa viva hasta hoy, en este siglo XXI, por quienes nos aferramos a la esperanza de la Revolución, poniendo nuestras modestas fuerzas en la lucha de clases para el triunfo de todos los desposeídos.


ÍNDICE

Parte I.- El ciclo de la Gran Revolución Francesa (1789-1815)

El movimiento sans-culotte y la comuna revolucionaria de París

El Imperio Napoleónico: de la guerra revolucionaria a la Restauración

El Congreso de Viena y la Santa Alianza

Parte II.- El ciclo de las revoluciones burguesas del siglo XIX en Europa

Dos olas de revoluciones burguesas y sus repercusiones en Europa

De la lucha contra el viejo régimen al surgimiento de la cuestión social

La última ola revolucionaria de la burguesía europea: las revoluciones de 1848

Parte III.- Lucha de clases y reacción bonapartista en Francia

El ascenso de Luis Bonaparte

Del periodo constituyente a la República burguesa

De la República parlamentaria al golpe de Estado

Parte IV.- El fin de una era: ascenso y caída del segundo imperio napoleónico

Reacción política, prosperidad comercial y auge imperial

Liberalización política, efervescencia social y declive imperial

La candidatura Hohenzollern y la guerra franco-prusiana

Parte V.- El proletariado de París toma el cielo por asalto

La revolución del 4 de septiembre y la III República

Derrota y claudicación del Gobierno de Defensa Nacional

La insurrección del 18 de marzo y la Comuna de París

Epílogo


Introducción

Desde que Lenin planteó que el Socialismo utópico francés constituye una de las tres fuentes y partes integrantes del marxismo, junto con la filosofía clásica alemana y la economía política inglesa, este postulado ha quedado asentado como una verdad entre las diversas corrientes marxistas. Sin embargo, la tesis que buscamos desarrollar a lo largo de este ensayo es que, más que las teorías de los socialistas utópicos franceses, en realidad fue la experiencia viva del proletariado francés, sobre todo, en los diversos procesos revolucionarios protagonizados a partir del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX, de los cuales Marx y Engels extrajeron grandes lecciones que tuvieron consecuencias importantes para sus concepciones teóricas sobre temas esenciales como el Estado y el régimen burgués, la lucha de clases, la táctica y estrategias revolucionarias así como la dictadura del proletariado, conceptos que han quedado como legado invaluable del marxismo revolucionario.

Dentro de ese legado, el estudio sobre la Comuna de París es de vital trascendencia pues representa uno de los hitos más importantes en la historia del movimiento obrero internacional. Tras la desastrosa derrota infringida por Prusia al II Imperio francés en la guerra franco-prusiana de 1870-71, en medio del sitio militar establecido por los ejércitos prusianos invasores y de la paz deshonrosa pactada por el gobierno burgués de la recién instaurada III República en Francia, el proletariado parisino se insurreccionó contra la traición del Gobierno de Defensa Nacional y tomó el cielo por asalto al hacerse del poder político y construir la primera experiencia de Gobierno auténticamente obrero.

Si bien dicho proceso se sostuvo apenas un par de meses, de marzo a mayo de 1871, sin embargo, dejó a las generaciones obreras del porvenir un cúmulo de enseñanzas que es necesario recuperar para las luchas de nuestro presente. Por ello, en el 150 aniversario de la Comuna de París, elaboramos este ensayo con el fin de reivindicar la memoria de la primera revolución dirigida por el proletariado en la historia de la humanidad. Sin embargo, decidimos ampliar el radio de nuestro estudio hasta la primera revolución burguesa en Francia, a finales del siglo XVIII, pasando por los procesos revolucionarios de la primera mitad del siglo XIX, pues creemos que sin una valoración de estos antecedentes resultaría incompleta nuestra comprensión de Comuna revolucionaria de 1871.

Iniciaremos exponiendo algunos precedentes históricos, situados desde la Gran Revolución Francesa de 1789 y la expansión revolucionaria emprendida por el Imperio napoleónico, cuyos efectos delinearon los rasgos principales del contexto nacional e internacional que caracterizaron al siglo XIX, en el que se sitúan las olas revolucionarias que desembocaron en la “primavera de los pueblos” de 1848, última de las revoluciones burguesas europeas. Posteriormente, estudiaremos las décadas posteriores a 1848, en las que se suceden diversos acontecimientos internacionales que llevaron a la guerra franco-prusiana, la caída del II Imperio y el surgimiento de la III República francesa, circunstancias en las que nace la Comuna de París, de la cual analizaremos su desenvolvimiento y desenlace.

Al final, terminaremos con un apartado en el que intentaremos extraer las principales lecciones políticas, de carácter tanto organizativo como estratégico y programático, de los distintos momentos insertos en la trayectoria histórica del movimiento revolucionario protagonizado por el proletariado francés.

Parte I.- El ciclo de la Gran Revolución Francesa (1789-1815)

El movimiento sans-culotte y la comuna revolucionaria de París

Para comprender la significación histórica de la Comuna de París, hay que remontarse a la Gran Revolución Francesa de finales del siglo XVIII, desencadenada como culminación de una serie de procesos: las reformas liberales implementadas desde la Corona, la rebelión aristocrática en defensa de sus privilegios feudales, la convocatoria a los Estados Generales, la conformación del Tercer Estado en Asamblea Nacional y, finalmente, la entrada en escena del pueblo parisino con la famosa toma de La Bastilla, protagonizada por las masas insurrectas el 14 de julio de 1789, y que obliga al rey Luis XVI a aceptar la soberanía popular y a conceder reformas constitucionales.

La valiente acción de las clases laboriosas de las ciudades y el campo llevó a la revolución francesa al triunfo sobre la monarquía absolutista más antigua, poderosa y prestigiada de Europa, la cual se sostenía en la realeza, la nobleza y el clero; sin embargo, tras derrocar al rey Luis XVI, fue la burguesía quien asumió el poder, pretendiendo remodelar las instituciones políticas, sociales y económicas francesas según sus intereses de clase; por ello, a pesar de las subsecuentes Declaraciones de Derechos y Constituciones promulgadas en nombre de la libertad, igualdad y fraternidad, en los hechos, se estableció una democracia censataria, en la que los derechos civiles y libertades políticas estaban condicionadas a la propiedad de los ciudadanos (divididos en activos y pasivos según su nivel de ingresos), marginando a los más pobres de la participación en los comités electorales, la milicia civil y de la posibilidad de votar o de ser electos como diputados a la Asamblea Nacional.

Pero, conforme se fue desarrollando el proceso revolucionario, se agudizó la crítica situación del país galo, propiciando una creciente intervención de los sectores populares que, en varias coyunturas ocurridas entre 1789 y 1795, protagonizaron diversas jornadas revolucionarias para presionar a los diputados de la Asamblea Nacional, así como a los dirigentes de las sucesivas formas de gobierno que adoptó el régimen revolucionario, por atender las urgentes demandas de la población por pan, trabajo y subsistencias, ante la crisis económica, social y política existente durante la revolución y acentuada por las guerras de intervención emprendidas por las potencias absolutistas de Europa contra la Francia revolucionaria, con el objetivo de restaurar el antiguo régimen monárquico.

Fue en medio de los acontecimientos que conmocionaron a Francia, cuando surgió la primera experiencia de comuna revolucionaria. La municipalidad de París fue erigida como un organismo deliberativo y de coordinación de la burguesía para organizar la defensa de sus intereses de clase (contra la realeza y la aristocracia feudales así como frente a los sectores empobrecidos de la capital), pero fue transformando su composición social y política conforme las masas populares invadieron por miles las diversas instancias en las que se desenvolvía la vida política durante la revolución. Entonces, una mezcla de artesanos, tenderos, trabajadores asalariados y desposeídos que habitaban los suburbios y arrabales de la capital francesa, tomaron la palabra, expusieron sus propias exigencias y comenzaron a intervenir de manera activa en las sociedades, secciones, comités y asambleas que emergieron en cada distrito de París, constituyendo la base social del movimiento de los “desarrapados” (sans-culottes) quienes imprimieron un marcado carácter popular y revolucionario a la comuna insurrecta organizada en la municipalidad parisina.

Este fenómeno fue convirtiendo al municipio autónomo de París, de un gobierno local burgués en una forma de autoorganización popular que se tornó en el centro neurálgico de la revolución, propulsando el proceso mucho más allá de donde la burguesía pretendía dirigirlo para establecer su dominación como clase. La comuna de París se erigió como un doble poder frente a la Asamblea Nacional, por lo que los sectores reaccionarios y moderados de la burguesía buscaron aniquilarla, a la vez que los partidos más radicales de la revolución francesa se disputaron su hegemonía: los jacobinos, dirigidos por Robespierre, representando a la burguesía media citadina; los cordelieros, liderados por Hebert, representantes de la pequeña burguesía urbana y, los “rabiosos” (enragés), encabezados por Jacques Roux, ligados estrechamente a los sectores más pobres de París. La lucha de estas facciones entre sí y contra los grupos reaccionarios, que se desenvolvió al interior de los organismos de la revolución, era el reflejo de la lucha de clases que se desarrolló en Francia.

Si en las zonas rurales, los campesinos destruyeron las supervivencias de la servidumbre de la gleba así como las cargas feudales y los derechos señoriales que subsistían en Francia, a través de insurrecciones en las que se quemaron castillos, asesinaron aristócratas y se apropiaron de las tierras que les habían sido arrebatadas, minando para siempre el poder de la nobleza terrateniente y de la Iglesia (principal afectada por el reparto agrario). En las ciudades, y particularmente en París, bajo una ideología igualitarista de nivelación social, la movilización de los sans-culottes logró arrancar grandes conquistas a la Asamblea Nacional y al gobierno revolucionario, tales como el establecimiento de una tasa fija a los precios de los productos básicos de consumo, medidas drásticas contra los acaparadores y especuladores, el terror revolucionario contra los reaccionarios que buscaban restaurar el viejo régimen, la ampliación de facto del régimen electoral, entre otras acciones que obligaron a la burguesía a abandonar temporalmente sus principios de libre cambio en pro de una intervención estatal en la economía orientada a la protección de los desposeídos.

Las duras condiciones generadas por la guerra externa y la contrarrevolución interna, impelieron al Gobierno Provisional (que tomó el poder en la última etapa de la revolución), a una lógica de terror que ejerció no solo contra los sectores reaccionarios sino contra la oposición de izquierda, cuyos líderes acabaron siendo guillotinados en el cadalso. Con ello, la acción de las masas fue decayendo conforme las secciones y sociedades, que constituyeron el alma viva de la Comuna, fueron burocratizándose y perdiendo su carácter popular al ir siendo absorbidas por los Comités de Salud Pública y de Seguridad General que conformaban el Gobierno Provisional; el cual, acabó convirtiéndose en una dictadura del ala robespierrista de los jacobinos, que al asesinar a los líderes populares, frenó con ello el impulso revolucionario de las masas sobre el cual descansaba, quedando aislado y abriendo así el paso a la reacción termidoriana que derrocó al Gobierno provisional, cuyos líderes acabaron también siendo pasados por la guillotina.

El derrocamiento del gobierno provisional (9 de termidor, 1794), no significó la derrota de las masas, que todavía protagonizaron dos jornadas revolucionarias más en el año de 1795 tratando de defender las conquistas logradas durante la revolución; sin embargo, ya no contando con liderazgos capaces de organizar eficazmente los alzamientos, las masas terminaron siendo dispersadas y desarmadas, quedando expuestas a la represión de la burguesía que desarticuló las organizaciones populares, poniendo fin con ello también a la Comuna. Así, toda tentativa revolucionaria posterior se vio frustrada, como sucedió con la Conspiración de los Iguales (1796), dirigida por Graccus Babeuf, publicista y agitador en los clubs y asambleas populares, quien tras el declive de la revolución llegó a la conclusión de que solo mediante la construcción de un partido propio y disciplinado, las clases populares podrían realizar una insurrección e instaurar una dictadura revolucionaria orientada a establecer una sociedad igualitaria, basada en la propiedad común de la riqueza. A pesar de haber sido descubierta y desarticulada, la fallida tentativa babeuvista constituyó la última manifestación del movimiento sans-culotte y la primera expresión del comunismo moderno[1].

Con los elementos antes mencionados, podemos ver la importancia de la Comuna parisina  cimentada en el movimiento de los sans-culottes que, a pesar de haberse visto limitado por su dependencia política, ideológica y organizativa a las facciones burguesas radicales (debido a la inmadurez histórica de proletariado francés en el siglo XVIII), logró aglutinar el descontento y expresar las aspiraciones e intereses de las clases desposeídas[2], que pretendieron ser excluidas por la burguesía. Asimismo, los sectores populares lograron marcar su impronta en el curso de la revolución, a través de su movilización permanente: sosteniendo las milicias y comités, la leva en masa para alistarse en los ejércitos revolucionarios que defendieron a la República del peligro de la contrarrevolución, e interviniendo masivamente en los momentos más críticos, con lo cual salvaron en varias ocasiones a la revolución, profundizando sus efectos transformadores hasta volverlos irreversibles y permitiendo su expansión más allá del continente europeo, otorgándole un alcance histórico.

El Imperio Napoleónico: de la guerra revolucionaria a la Restauración

Si ya el golpe reaccionario del 9 Termidor fue un revés al impulso revolucionario de las masas francesas, las jornadas contrarrevolucionarias de Padrial en el año III (1795), implicaron una derrota estratégica del pueblo parisino, de la cual ya no se recobraría en varias décadas. Por ello, la expansión de la revolución francesa por Europa a través de las guerras napoleónicas no fue ya efecto del empuje y las aspiraciones del pueblo sino consecuencia tanto de la avaricia de la alta burguesía francesa (que quedó dueña del país tras el período álgido de la revolución) como de los deseos imperiales del general Napoleón Bonaparte, quien valiéndose de su creciente prestigio militar por su actuación en las guerras y aprovechando la debilidad e inestabilidad que caracterizó al régimen posrevolucionario, ascendería al poder al final del Directorio (1795-1799) haciéndose Presidente tras un golpe de estado (brumario de 1799) y, al terminar el Consulado (1799-1804), finalmente se convirtió en Emperador, al restablecer la Monarquía hereditaria en 1804.

No obstante, el restablecimiento monárquico solo fue parcial y temporal, pues las conquistas esenciales que habían sido lograda por las masas ya no pudieron ser desmanteladas por completo. La revolución puso fin al absolutismo como forma de poder de la nobleza aristocrática, que fue desplazada por la burguesía; la cual, sin embargo, para retener su hegemonía social como clase tuvo que ceder el poder político en regímenes de compromiso que, producto de sus contradicciones, desembocaron en la dictadura napoleónica. Asimismo, la revolución terminó con la feudalidad y la servidumbre, liberando a los campesinos a través del reparto de las tierras de la nobleza y del clero; la Iglesia quedó minada en su hegemonía mediante la expropiación de sus bienes, el establecimiento de la libertad de cultos, la tolerancia religiosa y la subordinación del clero al Estado. Igualmente, la revolución promovió la unificación nacional por vía de la centralización administrativa, la formación de un mercado interno y el impulso del libre comercio y la industria, que desbrozó el camino a desarrollo del Capitalismo en Francia.

Así, la reacción ya no pudo hacer retroceder el curso de la historia, las transformaciones sociales, políticas y económicas derivadas de la revolución fueron sostenidas debido a la perdurabilidad de los cambios ocurridos en las relaciones de fuerzas entre las clases sociales, cuya expresión mayor fue la alianza orgánica entre la burguesía recién ascendida al poder y el nuevo campesino propietario de su parcela nacido de la revolución, que se convirtió en baluarte del conservadurismo político y base social de sustentación del régimen burgués. De igual forma, un producto imborrable de la revolución francesa fue, por un lado, la expansión del liberalismo y el nacionalismo como ideología de la burguesía en ascenso así como, en contraparte, el surgimiento de ideas sociales igualitarias, que fueron el germen de las ideologías comunistas (socialistas, anarquistas, etc.) que se desarrollaron en las siguientes décadas, moldeando los ideales de cambio que guiaron al naciente proletariado en las revoluciones del siglo XIX.

En el mismo sentido, las guerras encabezadas por Napoleón en gran parte del continente europeo esparcieron la influencia de la revolución francesa en los distintos países, tanto en los que aún conservaban regímenes absolutistas (encabezados por Austria, Prusia y Rusia) como en los pocos que ya habían establecido algún grado de régimen constitucional (cuyo modelo era Inglaterra). Inclusive, los principios político-ideológicos de la revolución francesa hallaron eco más allá de los océanos, difundiendo los ideales de igualdad y libertad entre las élites intelectuales y los habitantes de las colonias europeas orientales y occidentales. Así, las libertades políticas plasmadas en la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano, la secularización cultural fomentada por el anticlericalismo jacobino, el constitucionalismo parlamentario reivindicado por el liberalismo, la igualdad jurídica expresada en el Código Civil Napoleónico, entre otros elementos ideológicos de la revolución francesa, se convirtieron tanto en el heraldo de las fuerzas progresistas europeas, como en el espectro a vencer por las fuerzas reaccionarias de Europa.

Se formó entonces una coalición monárquico-absolutista contra la Francia revolucionaria que fue fomentada no solo por las antiguas familias dinásticas (Hohenzollern, Borbones, Habsburgo y el zarismo ruso) que prevalecían en Europa sino, inclusive, por el baluarte del liberalismo parlamentario: Inglaterra, que se erigió en ciudadela de la reacción europea. Fue de esa manera que la ola expansiva de la revolución francesa tuvo que enfrentarse al conjunto de las potencias del continente que en diversas ocasiones se aliaron para intentar aplastarla. Desde 1792 hasta 1814 se emprendieron sucesivas guerras de coalición, en cada una de la cuales se conjugaron los intereses de los distintos imperios contrarrevolucionarios. Si bien, en el período de apogeo de la revolución y todavía durante la primera etapa del régimen napoleónico, los intentos militares de la reacción fueron desbaratados por la superioridad táctica y moral de los ejércitos franceses, conforme se erosionó el impulso revolucionario de las masas y se fueron agudizando las contradicciones internas del Imperio napoleónico, éste entró en declive y la fortuna militar de Napoleón lo abandonó.

Así, una creciente oposición al interior de Francia se conjugó con una acentuada crisis financiera así como la desmoralización y deserción progresiva de los ejércitos franceses, cuyas filas ya no eran libertadoras sino esclavizadoras de Europa. Entonces, vino la debacle del Imperio, que inició con la herida abierta por la guerra de independencia española en 1808 (que se convirtió en un conflicto en toda la península ibérica), se profundizó con la desastrosa campaña del ejército napoleónico en Rusia que llevó a su derrota en 1812, y se desmoronó ante el desgaste provocado por el bloqueo continental que impuso Francia a Inglaterra, el cual padecieron principalmente los países del continente, ´propiciando finalmente una coalición de las principales potencias, que invadieron Francia y ocuparon su capital, obligando al emperador a abdicar y exiliarse en abril de 1814.

Las condiciones de paz impuestas en 1814 por las potencias fueron muy benevolentes pues solo exigieron el retorno de Francia a sus fronteras de 1792, no se pidió ninguna indemnización de guerra y ni siquiera mantuvieron guarniciones militares. Apenas el nuevo rey impuesto por las potencias decretó un Acta Constitucional, las fuerzas invasoras desocuparon el suelo francés, pues lo único que les interesaba era derrotar a Napoleón, porque ello significaba contener la ola revolucionaria que había recorrido Europa por más de dos décadas. Sin embargo, esa actitud cambió con el desesperado intento de Napoleón por volver a Francia y reconquistar el poder en 1815 (el régimen de los 100 días) pues tras ser derrotado y desterrado (con una pensión vitalicia en la Isla de Santa Elena) las potencias hicieron firmar a Francia un nuevo tratado de paz que exigió una indemnización por 700 millones de francos, la reducción de las fronteras francesas al estado de 1790, la devolución de todas las obras de arte robadas por los ejércitos napoleónicos en los países ocupados y el mantenimiento, a expensas del pueblo francés, de guarniciones y fortificaciones en las fronteras.

Pero a pesar de la restauración que ejecutaron los legitimistas borbones, colocando a Luis XVIII al frente de la Monarquía, sin embargo, tampoco este suceso pudo hacer retornar a Francia a la situación anterior a la revolución de 1789, pues no solo el país galo sino toda Europa había sido transformada en ese cuarto de siglo. Ello obligó a la monarquía borbónica a aceptar los cambios ocurridos en Francia y a brindar concesiones a la oposición aristocrática y liberal (a la que se otorgó un Acta Adicional a las Constituciones del Imperio, que dejó intactas las conquistas sociales de 1789 pero restauró ciertos privilegios); además, dada su debilidad interna y su dependencia de las potencias extranjeras por el Tratado de 1815, el régimen de la primera restauración quedó supeditado a las negociaciones que entablaron Rusia, Prusia, Inglaterra y Austria en el Congreso de Viena, efectuado entre 1814 y 1815.

El Congreso de Viena y la Santa Alianza

Después de derrotar a Napoleón, las potencias vencedoras efectuaron el Congreso de Viena el cual reconfiguró las relaciones territoriales, diplomáticas y geoestratégicas de Europa. Realmente, en Viena no se reunieron todas las naciones europeas, pues a las principales potencias no les interesaba discutir con los demás países los reacomodos en el equilibrio de fuerzas que, más bien, pretendían impulsar por su propia cuenta; por ello, decidieron efectuar los trabajos a través de comités, que reservarían la negociación de los puntos clave a los emisarios de las potencias, quienes simplemente presentarían los acuerdos al Congreso para su ratificación. Así, pese al discurso de los reyes y ministros de las potencias, que decían buscar liberar a los pueblos del yugo francés, el Congreso vienés perseguía objetivos muy concretos: desmantelar las conquistas político-militares del Imperio napoleónico, restablecer el viejo equilibrio entre las potencias europeas, borrar todo resto de la revolución y, sobre todo, evitar el peligro de que resurgiese una nueva ola revolucionaria.

Así, procedieron Rusia, Prusia, Austria e Inglaterra a repartirse entre sí el territorio continental de Europa según la riqueza y población de cada país, sin tomar en cuenta para nada la voluntad de sus habitantes sino considerando únicamente los intereses geoestratégicos de las potencias. En países como España, Portugal e Italia se restableció el orden monárquico; se devolvieron a las antiguas casas dinásticas sus posesiones ancestrales que habían perdido durante las guerras napoleónicas; se castigó a los reinos que habían apoyado a Napoleón, arrebatándoles territorios que fueron cedidos como compensación a Estados aliados a las potencias restauracionistas; éstas separaron y fusionaron reinos a discreción para salvaguardar sus intereses militares (rodeando a Francia de fortalezas) y, todo ello, a costa de las pequeñas nacionalidades como los polacos, noruegos, belgas y venecianos que quedaron fragmentados e integrados como minorías nacionales al interior de los Estados más poderosos.

Más aún, movidas por su común temor a la revolución, las potencias incluyeron a Francia en un mutuo acuerdo denominado el “Concierto Europeo”, según el cual se abstendrían de acudir a la guerra para resolver sus conflictos pero, en contraparte, prometían apoyarse entre sí para mantener por las armas los acuerdos a los que habían llegado y aplastar todo intento de modificar el equilibrio europeo establecido en Viena. Quedó así establecido un sistema multilateral en el que las potencias se reunirían cada año en congresos para resolver sus disputas, el cual fue complementado por el zar de Rusia, quien se alió con los reyes de Prusia y Austria, conformando una Santa Alianza de los Estados cristianos cuyo fin fue restaurar el antiguo régimen e impulsar una cruzada ideológica contra todas las ideas y fuerzas progresistas (incluyéndose el racionalismo de la Ilustración, el liberalismo republicano y las aspiraciones libertarias de las pequeñas naciones oprimidas) que pudieran hacer despertar nuevamente el fantasma de la revolución en Europa.

Pero, si bien el llamado Sistema Metternich (apellido del ministro austriaco, que fue su principal promotor) funcionó durante algunas décadas como coalición contrarrevolucionaria; desde un inicio mostró grandes fisuras pues quedaron sin resolver tres cuestiones clave: la hegemónica, la nacional y la constitucional. La primera cuestión implicaba los intereses de Inglaterra y Austria, que querían contener la creciente injerencia de Rusia en Europa, asunto que solo quedó saldado con la Guerra de Crimea (1853-56). La segunda cuestión, incluía la lucha de las pequeñas naciones por su liberación y las aspiraciones alemanas e italianas por unificar sus Estados, asunto que se solucionó hasta las guerras italianas de unificación (1859-60), así como las guerras de Prusia contra Austria (1866) y contra Francia (1870), que unificaron a Alemania bajo la hegemonía prusiana. La tercera cuestión tenía que ver con la profundidad que asumiría el proceso de restauración, sobre todo en cuanto a la forma política que asumirían los regímenes de gobierno tras la revolución.

El inviable proyecto de los reyes europeos por restaurar el régimen monárquico generó una gran contradicción histórica pues su esfuerzo implicaba reponer por la fuerza una forma política absolutista cuando el contenido social y económico de los cambios ocurridos en Europa ya era imposible de desmantelar. Por ello, la Restauración fue solo superficial pues implicó un periodo transicional de retroceso político hacia regímenes de compromiso que asumieron la forma de Monarquías constitucionales. Los gobiernos tuvieron que preservar varios cambios introducidos durante el periodo napoleónico como la unidad jurídico-administrativa, la reforma militar, la libertad económica y la separación Iglesia-Estado. Pero los reyes europeos se negaban sistemáticamente a conceder mayores libertades constitucionales de las que se habían visto obligados a otorgar por el impulso de la revolución francesa, sin embargo, se vieron imposibilitados de frenar las tendencias revolucionarias que renacieron desde los pueblos durante el siglo XIX.