César Uetzkayotl

Flores ensimismadas.
Ansiosa lejanía
por aromatizar todo alrededor campestre.
Colores primarios
en tiltineantes botones
mecidos
en los pisos altos del edificio urbano.

El viejo color cobrizo
de una temporada seca
cede ante la espesura egoísta
del humo disipado
por innumerables
tractocamiones antropoformizados.
Las chimeneas de las fábricas
destilan flores negras.

Y ahora,
en primavera,
el ramillete jacarandoso
se ve envuelto
en convertirse en mártir.
Tulipanes plastificados
adornan inmaculados la acera
pues los reales son patentados
para el mejor postor en el mercado financiero.

En los campos,
los claveles se van a paro,
no permiten seguir malbaratando
sus pétalos de obra.
Si serán cortadas,
han decidido caer mejor en lucha.

Las rosas levantan huelga,
se cansaron de ser vendidas
a diez pesos el ramo,
de ser mostradas en una maceta
tras un aparador citadino,
no tienen precio.
Enfundan las espinas,
su inherente propaganda roja,
agita azucenas,
despierta a los geranios.

La noche se solidariza,
huele de noche,
la flor máxima de resistencia.
Los destellos matutinos rompen
cualquier signo de flaqueza,
un respiro de rocío
para poblar rebeldes las calles,
el riesgo,
la libertad.

La dirección,
la primavera enardecida,
el objetivo estratégico
ponerle fin al exterminio aromático
en toda estación,
para acabar con esta triste explotación
de la naturaleza por el hombre,
incluso para terminar
la devastación entre humanos.