César Uetzkayotl

Con sus cheques de miseria y sus salarios de plegarias,

sus pieles de indulgencias,

su voz de homicidio y cuentos entre las prostitutas,

los putos de las letras

mendigos del aplauso  en 1 orden preestablecido

con 1 traje tan presentable como deprovisto de personalidad

tan carentes de corazón

tan maquinales de razón

como el amo del perro que urga en el excremento de cadáveres literarios y que ladra encadenado a la muerte para hurtar las palabras a los pordioseros del abecedario

a los verdugos de la cultura de alcantarilla

que nos meten hasta por el culo publicitario 

para comprar esta infamia de civilización.

Al escritor bien apalancado/afamado por lamer los huevos de los gobiernos para reinventar la historia del país a su favor.

A las vistas indiscriminadas de unos oídos voraces para la sórdida supervivencia, 

en respiros de thinner

en mordidas de desechos radioactivos

hambrientos de cagada gubernamental 

que no alimenta más que la servidumbre de rendir culto a la literatura 

en vidas plaguicidas y sueños podridos. 

Pero aquí en nuestra propia escritura somos los antipoeñetas desterrados, 

degollados

por hacer un mundo que nunca ha existido

con la desafortunada buena suerte de ser siempre el canto de los que desentonan y la arritmia de los que bailan,

los cuerpos lanzados a la realidad fangosa

las cabezas decapitadas de los estudiantes sin rostro

que protestan por que han vuelto del mundo un lugar insanamente cuerdo.

¡Ya no hablen consigo mismos!

¡Guarden silencio!

¡Ya no hablen!

¡No razonen!

¡Vivos se los llevaron y vivos los queremos!