Alexis Jovan

Situación internacional y regional

La región latinoamericana se enfrenta a un escenario sumamente complicado, el cual se articula con la agudización de las contradicciones del sistema capitalista a escala mundial. Comenzando por el grave estado de la economía global que, de por sí no había logrado sobreponerse a la crisis financiera de hace una década y que, en la actualidad, amenaza con volver a repuntar de la mano de una franca desaceleración económica tendiente al estancamiento y a la amenaza del estallido de una nueva burbuja financiera ante la combinación de condiciones que llevaron a la crisis inmobiliaria de 2008 en Estados Unidos, pero que ahora podría presentarse en China, cuyo anterior dinamismo económico -ahora menguado- había venido fungiendo como el salvavidas de la economía mundial.

Lo anterior ha impactado en Latinoamérica, pues el FMI recientemente anunció un recorte en las expectativas de crecimiento de la región de un 1.4% a un 0.6%, siendo economías muy importantes, como la de Argentina (que se encuentra al borde de la catástrofe), Brasil y México, de las más afectadas, lo cual hace previsible la posibilidad de una acentuada recesión económica. Lo anterior ha llevado al aumento de la pobreza en América Latina con más de 30% (alrededor de 200 millones) de pobres; cifras que han venido a la alza en los últimos años.

Así, se han multiplicado las alertas en los centros financieros del capital trasnacional, donde diversos organismos han anticipado el peligro de una crisis que, se espera, sea una de las más significativas del capitalismo en su historia. Este es el telón de fondo de una creciente rivalidad entre los distintos bloques imperialistas, en donde la guerra comercial entre Estados Unidos y China constituye el aspecto central de un escalamiento de la conflictividad en el tablero internacional, marcado por el declive hegemónico de Norteamérica y su desplazamiento por nuevas potencias emergentes. 

En los últimos años, países como China y Rusia han aumentado su presencia en la región, en términos comerciales (con la importación de materias primas y productos agrícolas), equipamiento y asesoría militar (Rusia) e inversión de capital financiero (China). Asimismo, vemos a la Unión Europea estableciendo un acuerdo comercial (que liberará de aranceles a sus exportaciones) con los países que forman parte del Mercosur, a fin de asegurarse zonas de influencia y mercados frente a la competencia china y aprovechando el repliegue proteccionista de EUA que sólamente ha podido responder a estos realineamientos presionando para que Ecuador se incorpore a la Alianza del Pacífico y para que se ratifique el T-MEC con México y Canadá. 

Lo anterior, tiene gran relevancia pues EUA ha considerado históricamente a todos los países que se encuentran al sur del continente como su patio trasero; sin embargo, sus capitales se han visto desplazados de los mercados latinoamericanos por otras potencias, especialmente, por China que ya le disputa el lugar como el principal inversor y socio comercial de la región. Así, mientras el gigante asiático acaba de anunciar este año un plan de $30mmd en diversos proyectos de infraestructura, tecnología, manufactura, energía, minería, agricultura y en materia financiera, en contraparte, EUA se sitúa geo-estratégicamente a la defensiva, con Trump empecinado en una política comercial proteccionista y de militarización de sus fronteras, para defenderse tanto de la competencia de otras potencias como de que la efervescencia política por la que atraviesa Latinoamérica, no se extienda hacia el interior de Norteamérica.

Polarización y lucha de clases a lo largo del continente

Si bien, bajo las condiciones antes expuestas, Trump ha venido arreciando sus planes imperialistas sobre el resto del continente bajo el lema “América first”, no obstante, al contrario de los analistas e intelectuales -tanto de derecha como de izquierda- que anunciaron una “hora negra” en Latinoamérica plagada de reacción y conservadurismo; vemos que ese es sólo un aspecto -y, desde nuestro punto de vista, no el principal- de la encrucijada en que se encuentra la región latinoamericana, en la cual, de manera paralela al establecimiento de gobiernos ultraderechistas, el rasgo fundamental es que los referentes reformistas del mal llamado “ciclo progresista”, que habían mantenido atadas política e ideológicamente a las masas trabajadoras, se han venido eclipsando como producto de sus propias contradicciones, dando pie al levantamiento de una nueva oleada de movilizaciones populares a lo largo y ancho del continente de la mano de la crisis económica, la polarización social y la inestabilidad política en la región. Latinoamérica se encuentra en ebullición y ese es el carácter distintivo del actual período.

No es casualidad que en Centroamérica y las islas del Caribe sea donde la lucha de clases está cobrando los niveles más agudos pues, a pesar de que es una de las principales zonas a donde los capitales norteamericanos, y de otras potencias, están volteando a ver para invertir millonarias sumas de dinero en megaproyectos de infraestructura y otros negocios estratégicos -propiciando índices de crecimiento económico comparativamente mayores a los de otros países-, sin embargo, ello no se ha visto reflejado en los niveles de vida de la mayoría de la población de aquellas zonas que, al contrario, continúan siendo las de mayores desigualdades y niveles de marginación del continente.

Haití, el país más pobre de la región, abrió esta nueva ola pues desde 2017 se han extendido distintas jornadas nacionales de movilización en contra del presidente Jovenel Moïse, con marchas multitudinarias que, ante la represión del gobierno, terminaron en violentos enfrentamientos callejeros entre el pueblo y los elementos policiacos frente al palacio presidencial y otras dependencias, cobrando la vida de varias decenas de manifestantes; pero, ni la represión ni las concesiones hechas por el presidente han parado las protestas, que tuvieron un gran repunte a mediados de este año, lo cual ha llevado a la práctica disolución de un gobierno que sólamente se sostiene con los millonarios préstamos del FMI y el apoyo diplomático-militar de la OEA.

Nicaragua también se unió a esta efervescencia el año pasado a raíz de las masivas protestas encabezadas por la juventud, que aglutinaron a distintos sectores en contra de la dinastía Murillo-Ortega que ha venido sucediéndose en el poder desde hace bastante tiempo, aplicando a sangre y fuego las medidas dictaminadas por los organismos financieros internacionales. La vecina República de Honduras, también ha sido sede de uno de los procesos revolucionarios más importantes de los últimos años en el cual, médicos y docentes del sector público conformaron la Plataforma en Defensa de la Salud y la Educación que logró constituirse en el organismo de representación y lucha del pueblo hondureño por la caída del narco-gobierno de Juan Orlando Hernández, encabezando movilizaciones de carácter insurreccional, con bloqueos carreteros, barricadas y enfrentamientos callejeros con las fuerzas del orden que provocaron un quiebre del régimen al negarse las fuerzas especiales a reprimir las protestas.

Las notas más recientes de este concierto de luchas y resistencias, las representan Costa Rica con las grandes movilizaciones de estudiantes y profesores contra las políticas educativas del gobierno, que con la huelga nacional lograron destituir al secretario de educación; así como  Puerto Rico, donde el presidente Ricardo Roselló anunció su renuncia el pasado 25 de julio, tras más de 10 días de masivas manifestaciones en las calles de la capital puertorriqueña, a raíz de la filtración de una serie de tweets del mandatario que causaron la indignación de diversos sectores que repudiaron la corrupción, negligencia e incapacidad de su administración.

Todas estas expresiones se han sumado al auge de la movilización obrera y popular que también se ha hecho sentir en los principales países del Cono Sur como Argentina, Brasil, Chile y Uruguay en donde diversos sectores de trabajadores han convocado a múltiples jornadas de lucha y paros nacionales contra los recortes a las conquistas sociales, la carestía en los bienes y servicios básicos, el ataque a los derechos laborales y la privatización de la seguridad social. Baste ver el reciente paro nacional por parte de la Central Sindical de Trabajadores de Uruguay contra los despidos y en defensa de sus condiciones laborales, organizado de cara a las elecciones presidenciales de octubre, que se suma a.las manifestaciones en otros países por parte de los sindicatos estatales (maestros, médicos, transportistas, jubilados, etc.), junto con estudiantes y sectores populares, contra las reformas en pensiones, en materia educativa y salubridad, así como las protestas contra las medidas económicas adoptadas por los gobiernos que se enfrentan a crisis financieras, endeudamiento, inflación y déficits fiscales que colocan los componentes para la gestación de un ascenso revolucionario en ciernes a lo largo y ancho de la región.

Colombia es otro país en donde se han presentado manifestaciones que han cuestionado la presidencia de Iván Duque cuya administración, en menos de un año, ha visto aumentar el asesinato de líderes sociales defensores del territorio y la biodiversidad, a manos del crimen organizado, el paramilitarismo y grupos armados que aún proliferan en el país a pesar de los acuerdos de paz entablados por el gobierno con la guerrilla de las FARC, recientemente. También en Perú este año los trabajadores encabezaron manifestaciones mostrando su rechazo a la política laboral del gobierno y, posteriormente, estallaron sendas protestas enmarcadas en una huelga general en la provincia de Islay, iniciada por trabajadores y comunidades aledañas al proyecto minero de la transnacional Souhern; conflictos que han propiciado un creciente descrédito del presidente Martín Vizcarra, que ha visto descender su popularidad, lo que lo obligó a presentar reformas constitucionales para recortar el tiempo de mandato presidencial y legislativo así como a adelantar las elecciones presidenciales.

Urge construir un referente revolucionario e internacional de los trabajadores

Es ilustrativo ver que, en medio de este recrudecimiento de la lucha de clases en la región, prevalece y se agudiza una crisis de los referentes más importantes de la izquierda en nuestro continente. Por un lado, la bancarrota de los grandes partidos reformistas, socialdemócratas y frente-populistas que habían llegado a ser gobierno, montándose y desviando los potentes procesos revolucionarios que atravesaron la región latinoamericana en la primera década del siglo XXI. De otro lado, el declive de las principales organizaciones de la izquierda radical (principalmente del trotskismo) debido a su carácter centrista, y zigzagueante entre el oportunismo y el sectarismo, que los ha llevado a cometer diversos errores táctico-estratégicos, a adaptarse al régimen democrático-burgués, centrando su estrategia en la participación electoral -sustituyendo la lucha en las calles-, lo que se aúna a la reproducción de viejos vicios organizativos o procesos de burocratización, propiciando importante fracturas, retrocesos e implosiones de algunas de las más importantes corrientes con trayectoria y presencia de masas en el continente como lo es la escisión del PSTU (sección de la LIT) en Brasil, la reciente disolución de la International Socialist Organization en EUA y la crisis del Frente de Izquierda de los Trabajadores (FIT) en Argentina ante las fricciones internas de uno de sus principales integrantes (el Partido Obrero) y la marcada declinación en sus niveles de votación.

En nuestro continente está naciendo un nuevo ciclo de ascenso de la lucha obrera y popular, que no sólo se ha quedado en las reivindicaciones sectoriales e inmediatas sino que ha elevado su nivel de politización hacia el cuestionamiento de sus gobiernos, exigiendo e, incluso, logrando la renuncia de presidentes o funcionarios de alto rango. La causa principal de que la mayoría de estos procesos no hayan triunfado, ya sea que hayan sido derrotados momentáneamente, se hayan quedado a medio camino o no lograran capitalizar la victoria -permitiendo que facciones del mismo régimen hayan desviado los procesos e impedido que avancen hacia conclusiones socialistas- es la ausencia de una vanguardia revolucionaria articulada a nivel regional e internacional, con influencia en el movimiento de masas así como con un programa y estrategia correctos, para lograr no sólo derrocar gobiernos sino, avanzar hacia la construcción de un gobierno propio de los trabajadores, campesinos y sectores populares. Por ello, se torna una necesidad urgente impulsar diversos esfuerzos por conseguir el reagrupamiento de las corrientes, organizaciones, colectivos e individuos que, como revolucionarios consecuentes, están incidiendo en los actuales procesos de lucha de clases desde una perspectiva internacionalista y con las miras puestas en la construcción de un nuevo Partido Mundial de la Revolución Socialista.