Desde el 1ro de diciembre del año pasado, nos encontramos bajo un nuevo gobierno en México. Frente a ello, es necesario analizar este período que se abre en nuestro país, empezando por caracterizar a esta nueva administración, los objetivos e intereses que representan sus proyectos de gobierno, las clases y sectores sociales en los cuales se apoya, cuál es su relación con los distintos referentes del movimiento social así como las perspectivas y escenarios que se vislumbran próximamente y, con base en ello, concluir cuál es la táctica que debemos adoptar los revolucionarios.

Lo primero que debemos hacer es interpretar correctamente el proceso que nos trajo a donde estamos ahora: las elecciones de 2018. Durante décadas ha existido una relación de fuerzas en nuestro país con base en el cual el Estado ha avanzado en la implementación del proyecto neoliberal de despojo violento de la riqueza y los derechos del pueblo, mientras que la movilización social se ha agazapado a la defensiva, resistiendo de manera desarticulada los ataques del régimen. El 1ro de julio significó un punto de inflexión, al constituir una ofensiva (en términos coyunturales) por parte del pueblo mexicano derivada del hartazgo acumulado contra las medidas antipopulares implementadas por los distintos gobiernos que han ocupado Los Pinos en las últimas décadas.

Las grandes olas de lucha popular que se han sucedido desde los años 80’s a la fecha y, sobre todo, las ocurridas a lo largo del sexenio de Peña Nieto, lograron replegar momentáneamente al régimen y colocarlo en una de sus más profundas crisis de legitimidad y gobernabilidad, con pugnas entre distintas facciones de la burguesía, divisiones internas entre los partidos, creciente falta de credibilidad en las instituciones y estallidos sociales espontáneos cada vez más generalizados y radicalizados pero que, al carecer de una articulación nacional y dirección política consecuente que los impulsara hacia conclusiones revolucionarias, encontraron un cauce en la masiva participación en los comicios que llevó a la bancarrota electoral de los partidos tradicionales y el arribo de MORENA a la Presidencia.

En ese sentido, el actual gobierno de Obrador es producto del ascenso de la lucha popular que se ha venido extendiendo a lo largo del país en los últimos años. Pero, en contraparte, AMLO ascendió a la silla presidencial no sólo canalizando por vía electoral el descontento que prevalece en la mayoría de la población (fungiendo un rol de contención institucional) sino, también, de la mano de los pactos que realizó con distintas facciones de la oligarquía empresarial, las cúpulas de la burocracia y los partidos, así como las altas jerarquías militares, al igual que con los representantes del imperialismo y del capital trasnacional.

En ello radica la contradicción fundamental del gobierno de Obrador, y si las posturas oportunistas sólamente ven el primer aspecto, mientras las posiciones sectarias únicamente ponen atención en el segundo, nosotros como marxistas revolucionarios debemos observarlo de forma dialéctica; pues, si bien el continuismo del modelo económico y del régimen político es el aspecto fundamental, ello no debe hacernos perder de vista los matices y ambigüedades presentes en el nuevo gobierno, el cual podemos caracterizar como burgués por su programa, frentepopulista por su alianza de clases y con rasgos bonapartistas debido a la política que se verá forzado a aplicar en medio del equilibrio de fuerzas del cual es expresión.

En cuanto a su programa, el eje fundamental es la profundización del modelo económico neoliberal cimentado en la apertura comercial (ratificación del T-MEC) y el pago de la deuda externa; la privatización de empresas estratégicas y bienes básicos (respeto a las concesiones y licitaciones a particulares); la terciarización y dependencia de nuestra economía (remesas, turismo, inversión extranjera); reformas estructurales que conculcan las conquistas del pueblo (Ley Agraria, Reforma a pensiones); megaproyectos que despojan de sus territorios y recursos a los pueblos (NAIM en Santa Lucía, Tren Maya, Corredor Transísmico, Zonas Económicas, Plan Integral Morelos), e inestabilidad y flexibilización laboral (despidos masivos y “regulación” del outsourcing). Vemos, entonces, que el gobierno de AMLO no posee un carácter nacionalista ni anti-neoliberal, sino que es fiel continuador de las políticas mandatadas por los organismos financieros y las potencias imperialistas

Por otro lado, su política está marcada por la urgencia de hacerse de una base social, objetivo que busca cumplir despidiendo y desplazando a miles de trabajadores estatales a quienes pretende sustituir en la burocracia con gente allegada o leal a su partido y, también, con sus millonarios programas sociales de corte asistencialista y clientelar, los cuales no podrá sostener por siempre debido a la crisis económica por la que atraviesa nuestro país, y que amenaza con pronunciarse en los próximos años; de ahí que, busca arrebatarle a los grupos ligados a las anteriores administraciones, el control de PEMEX y otros sectores estratégicos de la economía, e impulsar millonarios megaproyectos de infraestructura, sin importarle los daños sociales, culturales y ambientales que están generando

Asimismo, a pesar de los matices populistas del gobierno de AMLO, se mantiene el régimen político pues los partidos junto con la burocracia e instituciones gubernamentales continúan siendo las instancias formales en que descansa el sistema político en nuestro país, mientras que el poder real no ha cambiado de manos sino que sigue estando bajo los engranajes corporativos, patronales y criminales que sostienen las verdaderas riendas de la dominación burguesa, al tiempo que las Fuerzas Armadas vienen adquiriendo un papel cada vez más protagónico en la vida civil mexicana de la mano de la militarización del territorio nacional, lo cual AMLO planea legalizar constitucionalmente a través de la Guardia Nacional.

Es visible, pues, que los intereses fundamentales que representa el gobierno obradorista son los del gran capital tanto nacional como extranjero, al igual que los de las fuerzas políticas que pactaron e, incluso, ingresaron a MORENA para salvaguardar sus negocios y posiciones ante el rechazo generalizado expresado por la población en las urnas. No obstante, la diferencia con otros gobiernos radica en que Obrador está más sujeto a la presión popular, por su base de simpatizantes y por los acuerdos cupulares efectuados con las dirigencias de distintos sectores del movimiento social que llamaron a votar por él.

Entonces, el actual gobierno nace acotado por la presión que viene tanto por derecha (desde las fuerzas políticas y empresariales del régimen) como por izquierda (desde los diversos sectores populares y de trabajadores), por lo que AMLO se verá obligado a lo largo de su sexenio a aplicar una política bonapartista, haciendo una serie de promesas y concesiones tanto hacia los poderes de arriba como a las aspiraciones de los de abajo, buscando conciliar los intereses antagónicos de unos y otros bajo un gobierno de unidad nacional. Pero no se puede quedar bien con Dios y con el Diablo, por ello, las promesas de AMLO hacia el pueblo quedarán incumplidas y llevarán a la inestabilidad de su gobierno.

Si AMLO realmente estuviera del lado del pueblo y lo convocara a movilizarse para sostener un gobierno a favor de la clase trabajadora tendría la fuerza de barrer al viejo régimen y a su sector más reaccionario. Sin embargo, no lo hace, ni lo hará para que no lo rebasen las masas por izquierda, ya que su compromiso mayor es con la burguesía. Ese titubeo lo hace un gobierno débil. Por ello, busca el apoyo de las FF.AA. y, de manera simultánea, generar bases clientelares a través de los programas sociales y del control sindical.

Obrador teme apoyarse en la movilización de los 30 millones que votaron por él, pues sabe que ese voto es sumamente heterogéneo. En el centro, aglutina a un amplio electorado que optó por MORENA, no por estar convencido de su programa y de que AMLO cumplirá con todas sus promesas, sino por representar la única alternativa viable a los ojos de la población para castigar a los demás partidos que ya probaron ser unos entreguistas, represores y corruptos; a la derecha, se halla una minoría de incondicionales seguidores así como grupos reaccionarios que se alinearon al barco obradorista para salvaguardar sus mezquinos intereses y, a la izquierda, diversas organizaciones y movimientos sociales que buscan apuntalar sus demandas, apoyando y presionando al nuevo gobierno.

Entre ese cúmulo de fuerzas, intereses y aspiraciones contradictorias, MORENA se desgarra y puede resquebrajarse ante las presión popular o de la reacción, por lo que AMLO se ve obligado a aplicar mecanismos plebiscitarios (como las consultas o referendos) para legitimar sus proyectos frente a la población y apuntalar los intereses de su partido frente a las antiguas fuerzas políticas enquistadas en el gobierno; pero, conforme avance el proceso de desgaste del actual gobierno, se apoyará cada vez más en las instituciones, la burocracia y el Ejército para mantener a raya a los sectores de oposición que se sostengan independientes a la política de negociación y cooptación del obradorismo.

Así, aunque actualmente el gobierno de Obrador posee una gran legitimidad pues ha sido el más votado en la historia de nuestro país, y ello le da una gran fortaleza política debido al consenso con que aún dispone; sin embargo, ese mismo elemento constituye su talón de aquiles, pues la fuerza potencial del actual gobierno descansa en las enormes expectativas de cambio que ha generado entre la población cansada de vivir en la pobreza, desigualdad y violencia reinantes; empero, el problema para AMLO radica en que tanto por el carácter burgués de su programa, por sus alianzas y pactos con el viejo régimen así como por la crítica situación económica y social que atraviesa nuestro país, dichas esperanzas de cambio se verán frustradas.

Ahí radica el principal peligro pues si bien en la actualidad las facciones más recalcitrantes y reaccionarias de la derecha (que no han pactado con el nuevo gobierno) son una minoría sin fuerza electoral ni capacidad de convocatoria masiva, no obstante, buscarán aprovechar la desilusión que generará AMLO entre millones de sus simpatizantes para levantar cabeza y capitalizar ese descontento, tal y como ha ocurrido en otros países de Latinoamérica (Argentina, Brasil, Venezuela, etc.) donde gobiernos frentepopulistas han sucumbido ante la derecha reaccionaria a la cual no combatieron sino, incluso, con la cual se aliaron. Pero ello también abre grandes oportunidades para los revolucionarios; bajo esa perspectiva, ¿cuál debe ser nuestra actitud frente al gobierno obradorista y nuestra táctica en este período?

A pesar de que, por el momento, AMLO goza de un gran margen de confianza entre amplios sectores populares, es necesario construir desde la izquierda un polo de oposición a su gobierno -claramente diferenciado a la oposición conservadora de la derecha- denunciando las incongruencias y las traiciones que siga haciendo Obrador respecto a sus promesas de campaña y explicando pedagógicamente a las masas que las pocas medidas progresivas que llegue a hacer serán concesiones para controlar al movimiento popular, pero insuficientes para solucionar los problemas estructurales de nuestro país y las demandas históricas del pueblo mexicano; ello, sin reducir nuestra política solamente a rechazar las iniciativas obradoristas sino, además de ello, debemos plantear un programa independiente en el que expongamos claramente alternativas concretas a la lucha de la clase trabajadora y sectores populares, campesinos e indígenas, construyendo herramientas para nuestra organización independiente desde abajo.

Pero, sobre todo, debemos trascender la agenda obradorista y plantear una estrategia que supere una posición defensiva, preparando las condiciones organizativas y de articulación política para pasar a la ofensiva, con la movilización en las calles, construyendo un referente político unitario de los diversos sectores en resistencia capaz no sólo de presionar a AMLO para cumplir con sus promesas de gobierno sino, más aún, para evitar una salida reaccionaria a la crisis del régimen (que seguirá profundizándose tras el respiro dado por el actual gobierno) y lograr generar una  alternativa desde la izquierda socialista y revolucionaria para construir el camino hacia un Gobierno de los Trabajadores, Campesinos y Sectores Populares para derrocar al capitalismo.

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