Alexis Jovan

En el marco del centenario de la revolución socialista de octubre, como Agrupación de Lucha Socialista queremos aprovechar los festejos que se han preparado para conmemorar este acontecimiento, con el fin de reivindicar el legado que nos dejaron los principales dirigentes del bolchevismo que se templaron en las duras batallas libradas a lo largo de esta epopeya histórica. Sírvanse estas líneas como una exposición sintética y algunas conclusiones que hemos extraído del bolchevismo, particularmente, de los planteamientos de Lenin, para abonar a nuestro quehacer teórico y práctico cotidiano como militantes del marxismo revolucionario.

Orígenes del movimiento revolucionario en Rusia

La historia de la revolución rusa tiene sus antecedentes en las últimas décadas del siglo XIX, al originarse los primeros grupos organizados por intelectuales influenciados por las ideas revolucionarias prevalecientes en Europa. Por un lado, los populistas (antecesores del Partido Socialista Revolucionario, eseristas) con influencia entre el campesinado combinando un socialismo agrario con tácticas terroristas; por otro lado, los marxistas que abrevaron de la teoría y experiencia de los partidos de masas de la socialdemocracia europea.

La corriente marxista se escindió, a su vez, en una tendencia predominantemente teórica y académica que desembocó en el liberalismo, de una parte, mientras, de otra, se conformaron diversas organizaciones clandestinas que se dedicaron por varios años a difundir las teorías del socialismo científico y, conforme se fue desarrollando la clase obrera -de forma paralela al proceso de industrialización en Rusia-, fueron desenvolviendo un trabajo de propaganda y organización entre el naciente movimiento obrero.

Plejanov, llamado el padre del marxismo ruso, conformó la primera organización de este tipo, el Grupo Emancipación del Trabajo; años más tarde, Lenin dirigiría la Unión de lucha por la emancipación de la clase obrera de Petersburgo; estas, junto con organizaciones obreras de las principales ciudades del país, conformarían el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR, 1898), el cual tuvo que esperar algunos años para tener vida efectiva, pues en su primer congreso constitutivo fueron detenidos todos sus delegados.

En este período se libró una gran batalla en el terreno teórico e ideológico por parte de los socialdemócratas, contra la influencia del populismo y del liberalismo, expresiones de la ideología pequeñoburguesa y burguesa en el movimiento revolucionario. Asimismo, se combatió en contra del llamado economicismo que, de la mano del ascenso huelguístico del movimiento obrero ruso, preconizaba que la principal, si no es que la única tarea del movimiento proletario era dar la lucha económica por mejorar sus condiciones de vida, mientras que la lucha política debía dejársele a los intelectuales pequeñoburgueses y dirigentes del liberalismo burgués. En contraparte, la socialdemocracia reivindicó siempre la importancia de la participación política de la clase obrera, como una arena formativa que le permitiría al proletariado adquirir la suficiente experiencia, nivel de conciencia y organización para luchar por el poder.

En los primeros años del siglo XX por fin se logra constituir el primer Partido obrero en Rusia, promovido sobre todo por las ideas plasmadas por Lenin en su folleto “¿Qué hacer?”, en el que pregonaba la necesidad de superar el aislamiento de los círculos de propaganda con el fin de fundir la teoría socialista con el movimiento proletario, pasando a la conformación de un partido independiente de la clase obrera, integrado por cuadros militantes profesionales, con un programa revolucionario y una prensa propia (que sirviera como órgano de agitación y organización), de carácter conspirativo y altamente centralizado, que aglutinara y dirigiera al proletariado de las diversas nacionalidades del pueblo ruso.

Desde su inicio el POSDR estuvo marcado por una dura lucha de tendencias que se plasmaría en su prensa Iskra (La chispa), la cual estuvo en disputa entre las dos corrientes que se formaron dentro del partido en su segundo Congreso (1903): los bolcheviques y los mencheviques. La división surgió en torno a la discusión acerca de los estatutos del partido (los mencheviques pugnaron por criterios laxos de admisión de sus militantes, mientras los bolcheviques defendieron una selección más rigurosa), pero esta diferencia de concepción en materia organizativa encerraba discrepancias programáticas y estratégicas más profundas que se pondrían de manifiesto más tarde ante la prueba de los acontecimientos revolucionarios que sacudirían a Rusia en 1905 y en 1917.

1905: la primera prueba de fuego del bolchevismo

Desde hacía una década el movimiento obrero venía de un agitado período de huelgas y luchas por mejoras en sus salarios y condiciones de trabajo, las cuales adquirían un carácter cada vez más político debido tanto a las derrotas militares del régimen zarista en sus aventuras bélicas –que entre 1904 y 1905 estuvo en guerra con Japón por el dominio sobre Manchuria y Corea- como a la labor de agitación que llevaban a cabo los partidos revolucionarios.

Ello llevó a que, en enero de 1905 se realizara una manifestación frente al Palacio de Invierno, casa del zar, para solicitarle que escuchara las demandas obreras, empero, fue duramente reprimida, provocando de inmediato el levantamiento generalizado de la clase obrera de San Petersburgo y otras ciudades industriales de Rusia. A lo largo de todo el año, el proletariado ruso protagonizó una lucha con repercusiones nacionales, asumiendo de manera generalizada la huelga como principal instrumento de combate, la instalación de barricadas para las confrontaciones callejeras contra las fuerzas represivas y la conformación de concejos obreros (con diputados elegibles y revocables), denominados Soviets, a través de los cuales se efectuó la insurrección por derrocar a la autocracia zarista e instaurar una República democrática.

En este importante proceso se delinearon claramente las discrepancias políticas, en los ámbitos programático y estratégico, entre las dos alas de la socialdemocracia rusa. Los mencheviques sostuvieron una política de colaboración con los demócratas-constitucionales (kadetes) aduciendo que no se podía levantar el programa socialista durante la revolución porque se alejaría a la burguesía liberal de la coalición revolucionaria contra el zarismo; los bolcheviques, plantearon la necesidad de construir la alianza entre el proletariado y el campesinado (sin interrumpir la lucha ideológica contra sus dirigentes, los eseristas) como vía para aislar la influencia de la Burguesía (sin negarse a apoyarla contra el zarismo), e impulsar la hegemonía del proletariado en la revolución democrática para instaurar una Dictadura obrero-campesina.

A pesar del heroísmo con que el proletariado ruso se batió en su primer combate serio con el régimen de los zares, la insurrección de 1905 fue derrotada, en parte, debido a la falta de experiencia, organización y armamento de la clase obrera rusa así como a la débil presencia y arraigo del partido socialdemócrata entre las masas proletarias y, en parte, debido a que el movimiento revolucionario había quedado aislado en las ciudades industriales pues no había sido cobijado en las zonas rurales por el campesinado, que constituía la aplastante mayoría de la población.

Ello no hacía sino confirmar la táctica bolchevique sobre la necesidad de la alianza obrero-campesina; asimismo, haciendo un balance de lo ocurrido, los bolcheviques vieron la importancia de realizar un trabajo entre el proletariado en más basta escala (aprovechando las libertades políticas conquistadas con la revolución), y de preparar de manera más sistemática las condiciones para la insurrección, pues según Lenin, en 1905 “se debieron haber empuñado las armas con mayor decisión y audacia”, al contrario de Plejanov (líder de los mencheviques) quien concluyó, oportunistamente, que “no se debieron haber tomado las armas”.

Aunque el primer intento revolucionario del proletariado ruso había fracasado bajo el plomo de las bayonetas, sin embargo, el régimen zarista había sido trastocado gravemente, viéndose obligado a hacer una serie de concesiones al pueblo con el fin de estabilizar la situación y sostenerse en el poder; una de las más importantes fue el llamado a la conformación de una Duma de Estado (especie de Parlamento ruso) en la cual pudieron participar toda la gama de partidos que habían intervenido en la revolución, incluido el socialdemócrata, aunque bajo una serie de restricciones antidemocráticas.

Así, entre 1905 y 1908, se sucedieron varias Dumas -cada una más restringida que la anterior- las cuales fueron boicoteadas por los bolcheviques (exitosamente, en un inicio, ya que existía un ascenso revolucionario; erróneamente, en las siguientes ocasiones, pues las condiciones habían cambiado desfavorablemente) pero, asimismo, fueron aprovechadas para impulsar candidaturas obreras (formando, incluso, bloques de izquierda con los social-revolucionarios) que lograron colar diputaciones socialistas convirtiendo a las Dumas en tribunas de agitación para difundir las ideas revolucionarias, contrario a los mencheviques que preconizaron la política de apoyar electoralmente a los candidatos demócratas-constitucionales.

Ello da muestras de la habilidad táctica de los bolcheviques, aprendiendo a pasar de las formas de lucha insurreccionales durante el ascenso revolucionario de las masas en 1905, a las formas de lucha parlamentarias –durante los años de descenso- e, igualmente, de las formas de organización conspirativas a formas más amplias y abiertas, sabiendo combinar e implementar unas u otras conforme cambiaban las condiciones, sin perder de vista los objetivos estratégicos y la independencia política del partido revolucionario.

Los duros años de la reacción

La álgida situación suscitada entre 1905 y 1907 decayó estrepitosamente a partir de 1908, año en que el zar, habiendo logrado estabilizar la situación revolucionaria mediante la represión y con un programa de concesiones hacia el campesinado acomodado -como una manera de hacerse de una cierta base social-, disolvió definitivamente la Duma e impuso un régimen de terror que obligó a los partidos revolucionarios a pasar nuevamente a la clandestinidad.

Bajo las duras condiciones del reflujo y la represión, en el bando bolchevique se dio una fuerte crisis de la cual emergieron tensiones internas que llevaron al surgimiento de una corriente liquidacionista que negaba la necesidad de volverse a organizar de manera clandestina para evitar los peligros de la represión zarista proponiendo, al contrario, la legalización del partido a costa de renunciar al programa, táctica y organización independiente del mismo; y, por otro lado, surgió una corriente ultimatista que exigió el retiro de los diputados socialistas a la Duma pues rechazaba toda participación en las instituciones parlamentarias así como en las asociaciones obreras con un carácter reaccionario. Ambas corrientes expresaban dos polos (uno oportunista y otro ultraizquierdista) de un mismo fenómeno de dispersión organizativa y confusión ideológica que siguió a la derrota de la revolución.

El bolchevismo tuvo que depurarse, expulsando a los instigadores de ambas tendencias por contradecir tanto los principios partidarios como las necesidades prácticas que imponía la situación; fue un duro período de intensa lucha ideológica en el que solo defendiendo la necesidad de combinar tanto las formas de lucha legales e ilegales (parlamentarias e insurreccionales) como la formas de organización abiertas y conspirativas, es que se logró un repliegue ordenado que permitió la conservación y consolidación del núcleo duro del partido ante circunstancias tan adversas.

Asimismo, en este período hubo intentos entre bolcheviques y mencheviques por acercarse nuevamente; sin embargo, a pesar de haber tenido lugar un Congreso de reunificación (constituyendo formalmente un solo partido entre 1906-1912), las diferencias eran muy grandes y la lucha ideológica en su seno continuó. Igualmente, en ese interludio se conformó un Bloque de fuerzas que, sin entender las discrepancias insolubles que dividían ambos bandos, intentó inútilmente reconciliarlos. Pero serían los acontecimientos mundiales y un nuevo ascenso del movimiento revolucionario en Rusia los que llevarían nuevamente a la decantación entre la corriente oportunista y la corriente revolucionaria de la socialdemocracia rusa e internacional, donde el bolchevismo tuvo un papel de primer orden.

Nuevo auge revolucionario y el inicio de la guerra

Desde finales del siglo XIX y principios del XX, la socialdemocracia europea había venido estudiando y advirtiendo que el desarrollo del capitalismo traería consigo el advenimiento de una era de militarismo y guerras de rapiña. Desde la II Internacional -organización en la que participaban principalmente partidos socialdemócratas europeos y algunos pocos de otros continentes- se habían organizado una serie de conferencias en las que el bolchevismo tuvo que dar una gran batalla por posicionar una línea firmemente internacionalista y revolucionaria ante los preparativos de guerra entre las principales potencias.

Así es como en 1907 (Stuttgart), 1910 (Copenhague) y 1912 (Basilea) se llevaron a cabo congresos de la socialdemocracia europea en los cuales los bolcheviques -junto algunos pocos mencheviques internacionalistas y social-revolucionarios de izquierda- defendieron una clara posición antimilitarista logrando que se plasmaran acuerdos según los cuales los socialdemócratas de todos los países participantes se comprometieron no solo a oponerse a la guerra sino a aprovechar las crisis desencadenadas por ella para emprender el derrocamiento de sus gobiernos.

Sin embargo, cuando en 1914 inicia la I Guerra Mundial, los principales dirigentes del socialismo internacional, encabezados por el Partido socialdemócrata alemán, en vez de impulsar los compromisos asumidos, respaldaron a sus respectivos gobiernos aprobando sus diputados los créditos para financiar la guerra y promoviendo sentimientos chovinistas entre el proletariado de los países en conflicto para llevarlos a defender los intereses de sus burguesías imperialistas. Ello representó la bancarrota de la II Internacional, lo cual no fue sino la culminación de un proceso de degeneración que había venido manifestándose por la predominancia de los sectores reformistas y revisionistas en su interior.

Tras la traición cometida por los dirigentes de la mayoría de partidos socialistas, los bolcheviques junto con sectores minoritarios del socialismo ruso, alemán (Liebknecht, Luxemburg, etc.) y de otros países, comenzaron una campaña de denuncia para romper con el oportunismo dominante en la socialdemocracia europea y formar una corriente socialista revolucionaria que sentara las bases de una nueva organización internacional cimentada en los principios del marxismo revolucionario.

Conforme a ello, se convocaron una serie de conferencias – en Zimmerwald (1915) y Kienthal (1916)- en las que si bien no se aprobó mayoritariamente la orientación bolchevique, sí se logró decantar una corriente de izquierda que reivindicó el “derrotismo revolucionario” preconizado por Lenin, es decir, la lucha por la derrota de la burguesía del propio país en el conflicto bélico como una manera de aprovechar la crisis provocada por la guerra y el descontento de la población para derrocar al Gobierno, lo que se traduciría en la consigna estratégica de “¡Convertir la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria!”.

Los bolcheviques tuvieron la oportunidad de implementar inmediatamente esta estrategia debido a que en Rusia maduraban aceleradamente las condiciones de una crisis revolucionaria. A partir de 1910 habían comenzado tumultos en el campo debido al fracaso de la reforma agraria implementada por el régimen; posteriormente, entre 1912 y 1914, sobreviene un poderoso movimiento huelguístico entre el proletariado de las principales ciudades industriales. Igualmente, las primeras derrotas de Rusia en la guerra fueron provocando la desorganización y deserción de los soldados, facilitando la labor de agitación de los bolcheviques en el frente de batalla.

Estos fenómenos anunciaban un nuevo ciclo de ascenso del movimiento revolucionario que -si bien con el inicio de la guerra mundial se aminoró temporalmente- al entrar Rusia al conflicto bélico, y conforme éste se fue alargando, las masas comenzaron a resentir los sacrificios impuestos por el mismo, aumentando la cantidad y el nivel de radicalidad de las protestas campesinas y obreras, agudizando la crisis del régimen que desembocaría en la revolución de febrero (marzo en el calendario occidental) de 1917, que echó por tierra el imperio monárquico de la dinastía Romanov.

De febrero a octubre de 1917: la conquista del poder

Ante la desesperada situación en que se encontraban por el hambre y la miseria ocasionadas por la guerra, a inicios de 1917 se sucedieron una serie de motines campesinos acompañada de una poderosa huelga general obrera en Petrogrado -en la que se pusieron a la cabeza las obreras textiles de aquella ciudad, organizando masivas manifestaciones en conmemoración del día internacional de la mujer trabajadora-, que hicieron dimitir a la autocracia zarista completamente aislada y deslegitimada a los ojos del pueblo ruso. Tras la revolución de febrero-marzo de 1917, en la cual una alianza de fuerzas entre todas las clases sociales derrocó al viejo régimen monárquico, surgió un Gobierno Provisional encabezado primeramente por el hijo del zar y después por los cadetes (partido de la Burguesía), apoyado por los partidos de la democracia radical, los mencheviques y los social-revolucionarios.

No obstante, de las reminiscencias del “ensayo general” de 1905 -como llamó Lenin a la primera revolución rusa- surgieron nuevamente poderosos Soviets de obreros, campesinos y soldados, concejos que fungieron como los órganos de representación y de lucha de las masas constituyendo, igualmente, un poder desde abajo opuesto al Gobierno Provisional, el cual traicionó las esperanzas de libertad, paz y democracia que las masas habían depositado en el nuevo régimen, pues inmediatamente se alió a la nobleza zarista así como a las potencias extranjeras que pretendían continuar con la Guerra imperialista, a costa de continuar el sufrimiento del pueblo ruso y posponer la solución a sus demandas históricas.

Desde marzo se desarrolló una situación de dualidad de poderes entre el Gobierno Provisional burgués y los soviets de obreros y campesinos. El gobierno se sostenía debido al apoyo que le brindaban los partidos democráticos radicales que conservaban aún gran influencia sobre sectores del proletariado y del campesinado, sin embargo, perdía progresivamente la confianza entre las masas del pueblo debido a que, por su ligazón a las clases dominantes, era incapaz de resolver los grandes problemas del país en un sentido favorable a los intereses de la población explotada y oprimida, aplazando la entrega de tierras, la firma de paz y demás demandas del pueblo ruso hasta la convocatoria de una Asamblea Constituyente que había sido prometida desde la caída del zar, pero que el gobierno posponía vez tras vez con el pretexto de que primero había que ganar la guerra.

En ese escenario, entre abril y julio las masas emprenden inmensas jornadas revolucionarias de movilización donde cuestionan al Gobierno, lo cual provoca la caída del ministerio burgués y la conformación de un Gobierno de coalición con los partidos demócratas radicales. Debido a ello, los bolcheviques lanzaron las consignas: “¡Abajo los diez ministros capitalistas!, ¡Todo el poder a los soviets!” exigiendo a mencheviques y social-revolucionarios que tomaran el poder -sin la burguesía- y conformaran un Gobierno soviético, pero estos se negaban a romper con el partido cadete.

Lo anterior llevó a diversas crisis políticas que polarizaron el escenario pues, mientras las masas se radicalizaban, los partidos conciliadores perdían también influencia en los soviets, y los sectores más reaccionarios buscaban la forma de sustituir al Gobierno Provisional con una dictadura que pusiera fin al proceso revolucionario. La situación dual no podría alargarse mucho tiempo, había que resolver la cuestión del poder; solo hacía falta ver si se solucionaría en un sentido reaccionario o revolucionario (fuese pacíficamente o por la fuerza). O los soviets avanzaban hacia el derrocamiento de la burguesía o ésta avanzaba hacia el aplastamiento de los soviets.

Todavía hasta junio, los bolcheviques creían que era viable efectuar el traspaso del poder de forma pacífica, si los mencheviques y eseristas se decidían a formar un gobierno puramente socialista, apoyado en los soviets; sin embargo, cuando en julio estalla una nueva crisis que lleva a Kerensky (presidente del Gobierno Provisional) a asumir poderes dictatoriales –restableciendo la pena de muerte en el ejército, censurando los periódicos, deteniendo a dirigentes revolucionarios y pretendiendo movilizar tropas del frente a Petrogrado-, Lenin advierte que la contrarrevolución está en puerta, cerrando con ello la vía pacífica para conformar el poder soviético.

Justo a mediados de año, impacientadas por la situación de crisis en que se encontraba el país, las masas realizan nuevamente manifestaciones exigiendo el paso del poder a los soviets, el fin de la guerra, el reparto de tierras y el control obrero sobre la industria; entonces, aprovechando las protestas y acusando a los bolcheviques de instigar con ellas a la insurrección, los reaccionarios montaron provocaciones para obligar a las masas a un choque prematuro con las fuerzas del orden, como vía de aplastar el poder de los obreros y campesinos organizados en sus Soviets. Paralelamente, los partidos coaligados en el Gobierno Provisional aprovecharon esta situación para combatir la influencia de los bolcheviques entre las masas, iniciando una campaña de difamación contra Lenin acusándolo de ser agente del imperialismo alemán.

Se gestaron entonces las condiciones para que la contrarrevolución alzara cabeza; en agosto se intentó efectuar un golpe de Estado orquestado por el general Kornílov en complicidad con embajadores extranjeros e, incluso, del propio presidente del Gobierno Provisional y su gabinete. Sin embargo, no logró fructificar ya que los obreros y campesinos, bien armados y organizados, lograron desarticular el golpe confraternizando con los soldados e impidiendo la llegada de las fuerzas golpistas a la capital por vía de la movilización, particularmente, del sindicato de ferrocarrileros que paralizó los movimientos de las tropas contrarrevolucionarias. En esos momentos, los bolchevique lanzaron la consigna: “Con Kerensky contra Kornilov”, efectuando una táctica de resistencia común con los partidos gubernamentales contra la sublevación kornilovista pero sin depositar ninguna confianza en ellos sino denunciando en todo momento sus vacilaciones al enfrentar el golpe contrarrevolucionario, y sin brindar ningún apoyo político ni renunciar a derrocar al Gobierno Provisional después de vencer al peligro mayor.

Así, el partido bolchevique fue capaz de ir avanzando en su influencia dentro de los Soviets -a costa de los mencheviques y social-revolucionarios- debido a que habían llevado a cabo una amplia labor de organización y agitación en las fábricas, barrios obreros, así como entre las filas del Ejército y en las comunidades agrarias en torno a las consignas de: “¡Paz inmediata!, ¡Abajo el Gobierno Provisional!”, que reflejaban el sentir de las capas mayoritarias de la población, quienes iban haciendo suyas las consignas de los bolcheviques en sus manifestaciones, empero, estos no llamaron entonces a derrocar inmediatamente por vía armada al gobierno ya que no se habían generado aún los cambios en la relación de fuerzas y la maduración en el nivel de conciencia de la mayoría del pueblo ruso para orquestar un golpe insurreccional, pues el partido bolchevique aún no era mayoría en los soviets y el nivel de desarrollo de los mismos distaba mucho en las provincias del interior respecto a las grandes ciudades, por lo que temían resultar aislados (como en 1905) en un intento insurreccional prematuro.

No obstante, la victoria sobre el intento golpista de Kornilov aceleró los cambios en la situación política pues, por un lado, evidenció tanto los complots contrarrevolucionarios en que estaba metido el gobierno como las vacilaciones de los otros partidos socialistas –que mantenían carteras en los ministerios gubernamentales, pero se negaban a conformar un gobierno puramente socialista, sin la burguesía- y, por otro lado, agilizó la transformación en la subjetividad del pueblo, reforzando el sentimiento de confianza y fuerza del proletariado ruso para preparar el asalto al poder. Cuando a mediados de septiembre y principios de octubre se radicalizan los levantamientos campesinos y se generaliza la deserción en masa de soldados en el frente de batalla, la situación se agudiza profundamente, combinándose una serie de factores que, a los ojos de Lenin, inclinarían a la mayoría del campesinado y de los soldados a apoyar la inminente insurrección.

Pero para ello hacía falta garantizar las condiciones políticas y organizativas. Fue así como, durante octubre, los bolcheviques presionaron por la convocatoria al segundo Congreso de los Soviets como mecanismo para expresar el cambio en la relación de fuerzas y en el sentir de las masas durante el desenvolvimiento del proceso revolucionario; sin embargo, el Comité Ejecutivo de los soviets, liderado por los mencheviques y eseristas, se negaba a convocar el congreso antes de la Asamblea Constituyente pues sabían que ello implicaría su derrota política y el reconocimiento del incontenible ascenso de los bolcheviques; en su lugar, propusieron la convocatoria a una Conferencia Democrática compuesta amañadamente para garantizarse mayoría, y que funcionaría como Parlamento provisional hasta la realización de la Constituyente; empero, tras una dura lucha política, los bolcheviques consiguieron que se definiera fecha para el inicio del Congreso soviético para el 25 de octubre (7 de noviembre).

A pesar de ello, los partidos democráticos radicales realizaron su Conferencia Democrática en la cual se conformó un Consejo Democrático que posteriormente se convirtió en Parlamento Provisional; no obstante, este organismo puso de manifiesto la total impotencia de los partidos participantes pues su objetivo principal era hacer responsable al gobierno frente a él, cosa que no pudieron debido a su debilidad y su política de transacciones, lo que los obligó nuevamente a buscar la participación de los cadetes en dicha instancia, aislándose aún más de las masas. Por su parte, los bolcheviques participaron en el mismo con la intención de denunciar el carácter de dicho Parlamento, y plantearon entre las masas la necesidad de romper con dicho organismo así como con los partidos que lo encabezaban pues habían llevado a la revolución a un callejón sin salida, por lo que se tornaba necesario arrebatar el poder al Gobierno por la vía revolucionaria.

Conforme a ello, el partido bolchevique salió de la Conferencia Democrática y -aún con la oposición de una parte de su dirigencia- dio inicio a los preparativos técnicos y organizativos para la insurrección que Lenin había venido planteando en los órganos internos del partido. Por su parte, el Gobierno también se preparaba para el choque, por lo que el Cuartel General pidió que fuera trasladada la mayoría de la guarnición de Petrogrado (adepta a los soviets) al frente de guerra; este hecho aceleró drásticamente  los acontecimientos y los preparativos insurreccionales, pues se sabía que aquella era una maniobra de los reaccionarios para buscar dejar desprotegida a la capital y facilitar la entrada de los cuerpos cosacos y demás fuerzas represivas para disolver el Congreso de los Soviets, que abiertamente se había convocado para desplazar del poder al Gobierno de coalición.

Acorde a lo anterior, se da el llamado para armar a los obreros, conformándose una Guardia Roja organizada por los sectores bolcheviques de los soviets; al mismo tiempo, se constituye el Comité Militar Revolucionario (CMR) encabezado por León Trotsky (dirigente revolucionario que había pertenecido a los mencheviques, después formó su propia organización y conforme los acontecimientos revolucionarios hicieron converger sus posturas con las de Lenin, se integró a los bolcheviques); este organismo se había conformado con el fin de estudiar la necesidad o no del traslado de la guarnición petrogradense, no obstante, los bolcheviques aprovecharon para centralizar en el  CMR la dirección militar de las tropas de Petrogrado, convirtiéndolo con ello en el organismo que utilizarían para dirigir la insurrección.

La situación era cada vez más insostenible para el Gobierno y los partidos democráticos-radicales, quienes buscaron concertar negociaciones con los bolcheviques; por su parte, en la prensa burguesa y pequeñoburguesa se amenazaba sobre la inminencia del choque y el derramamiento de sangre que provocaría, buscando asustar al pueblo. Sin embargo, de manera paralela, se efectuaban reuniones, mítines y asambleas en los centros obreros y en las guarniciones de distintos lugares en donde los agitadores bolcheviques ganaban una a una la adhesión hacia la insurrección, mientras que el Gobierno buscaba apoyo en los regimientos sin encontrar ningún eco. La mayoría de los cuerpos militares afirmaron que no dejarían pasar a ninguna fuerza reaccionaria hacia la capital y que no se moverían si no era bajo las órdenes del Soviet y de su organismo, el Comité Militar Revolucionario, al mismo tiempo que no paraban de elegir a sus delegados para participar en el Congreso.

Finalmente el Congreso inició sesiones, con la participación de todos los partidos socialistas. Todavía envalentonados, mencheviques y eseristas advertían a los delegados sobre el desastre que traería consigo la “aventura” bolchevique”; pero, fuera del Congreso, inadvertidamente y sin disparar un solo tiro, la Guardia Roja y demás destacamentos adeptos a los bolcheviques iban tomando uno a uno los edificios públicos (Telégrafos, Correos, el Banco de Estado, etc.), adueñándose de los puntos estratégicos de la ciudad y rodeando el perímetro hasta sitiar el Palacio de Invierno, donde se encontraban aún Kerensky y sus ministros sesionando y telegrafiando desesperadamente en busca de tropas del frente que vinieran en su ayuda. Sin embargo, la suerte estaba echada, los primeros cañonazos al Palacio de Invierno hicieron huir a Kerensky y rendirse paulatinamente a las pocas tropas que resguardaban el lugar, hasta que la Guardia Roja logró infiltrarse y desarmar a las restantes, posesionarse del Palacio y hacer prisioneros a los ministros.

Al conocerse la toma del Palacio, mencheviques y social-revolucionarios de derecha abandonaron los recintos donde sesionaba el Soviet; sin embargo, el ala de izquierda de los eseristas permaneció al lado de los bolcheviques, quienes inmediatamente decretaron la eliminación de la pena de muerte en el Ejército y llamaron a elecciones en los comités militares; al siguiente día de sesiones, haciendo uso inmediato del poder conquistado, Lenin (habiendo llegado del exilio a Petrogrado días antes y hablando por vez primera en público tras meses de clandestinidad) formuló dos nuevos decretos: sobre la entrega de tierras a los campesinos (adoptando el programa agrario de los social-revolucionarios como una manera de atraerse al campesinado -de quienes no se sabía cómo reaccionarían ante la insurrección bolchevique-) y sobre la propuesta de firma de paz, sin anexiones ni indemnizaciones, a las potencias beligerantes. Asimismo, se conformó el Consejo de Comisarios del Pueblo, nuevo órgano de gobierno del poder soviético, en el que participaron únicamente ministros bolcheviques, ya que los social-revolucionarios de izquierda se negaron en un primer momento a participar, pero mostraron su apoyo al naciente Gobierno socialista.

La lucha por el sostenimiento del poder soviético

A pesar de que la insurrección efectuada entre la noche del 24 y la madrugada del 25 de octubre, culminó victoriosamente con el asalto al Palacio de Invierno, empero, al poder soviético le faltaba mucho para lograr vencer la resistencia unida del viejo aparato burocrático, la oficialidad del Ejército y las clases pudientes coaligadas con los partidos pequeñoburgueses; para afianzar el nuevo poder y comenzar a dar los primeros pasos en la construcción del socialismo, el partido bolchevique pasaría aún por diversas pruebas al interior y al exterior de Rusia.

A los pocos días de la insurrección victoriosa en Petrogrado, cadetes, mencheviques y social-revolucionarios de derecha conformaron un Comité de Salvación Revolucionario, mientras que Kerensky organizó tropas del frente buscando retomar la capital. En la prensa burguesa salían sin fin de proclamas desconociendo el poder soviético y azuzando a la población para sublevarse en su contra; asimismo, los altos mandos del aparato burocrático y militar ejercieron diversas acciones para boicotear las medidas del gobierno revolucionario. Sin embargo, en menos de una semana fue controlada la situación, se detuvo a los dirigentes de los partidos que instigaron contra el poder soviético, se clausuraron los periódicos burgueses y se derrotó, con la gran audacia y organización del proletariado petrogradense, la tentativa militar kerenskista contra la capital. Con ello se conjuró el peligro inmediato, pero estos eventos prefiguraban señales de la guerra civil que sobrevendría poco después a nivel nacional.

Las noticias sobre el triunfo en Petrogrado cundieron en diversas regiones del interior de Rusia, extendiendo las llamas de la revolución. En Moscú y otras ciudades también se barre a la reacción y se instauran gobiernos soviéticos cimentados en nuevas instituciones (como los tribunales del pueblo). En el campo, se comienzan a implementar las medidas aprobadas por el decreto soviético sobre la distribución de tierras, y se convoca un Congreso extraordinario de los soviets campesinos que decide fusionarse con el Soviet obrero. Este evento obliga a la fracción social-revolucionaria de izquierda a participar en el Gobierno soviético (en las carteras de Agricultura, Justicia, entre otras) bajo la presión de las masas campesinas.

Por su parte, los obreros comienzan a tomar bajo su control las fábricas, interviniendo en la dirección de las empresas y tomando decisiones sobre la organización de la producción y del abastecimiento; ante la resistencia ejercida por los capitalistas, el gobierno soviético lleva a cabo las primeras estatizaciones de empresas e, incluso, de industrias enteras hasta llegar a la nacionalización de la Banca y la conformación de un Consejo Superior para regular la actividad económica.  Mientras tanto, los soldados seguían desertando en masa y protagonizan manifestaciones multitudinarias en favor de la paz; de igual forma, en el frente se emprende una gran campaña por la democratización del Ejército: se destituye a los altos mandos, tornando elegibles sus cargos; se disuelve el cuerpo de oficiales; se suprimen los grados militares así como las distinciones jerárquicas, y se nivela la paga entre soldados y comandantes.

En ese contexto de efervescencia revolucionaria, a finales de noviembre se llevan a cabo las elecciones a la Asamblea Constituyente (AC). Con ello, apenas unas semanas después de haber asumido el poder, el gobierno soviético cumplió la promesa que ninguno de los gobiernos provisionales había ejecutado en más de medio año; sin embargo, la AC se llevó a cabo -con listas nominales presentadas meses antes- en un momento en que las relaciones entre las fuerzas políticas habían cambiado profundamente, cuando todavía no se producía una clara diferenciación entre los partidos. Es decir, la AC había quedado rezagada respecto a las transformaciones ocurridas producto del proceso revolucionario, lo cual se vio reflejado con los resultados electorales que dieron mayoría a los social-revolucionarios (58%), seguidos por los bolcheviques (25%), quedando mencheviques y cadetes con porcentajes mínimos.

Sabiendo de antemano que los resultados electorales les serían adversos, debido al rezago político de las zonas rurales (que concentraban el mayor porcentaje poblacional) respecto a las grandes urbes, los bolcheviques defendieron como organismo real de representación de las masas a los soviets y rechazaron que un órgano como la AC -aunque representaba la forma más avanzada de democracia dentro de los marcos políticos burgueses- tuviera preponderancia por sobre el poder soviético –que representaba una forma superior de democracia para las masas- por lo que decidieron disolver la AC. Había además, otras razones más acuciantes para proceder en ese sentido, pues los bolcheviques sabían que dicho organismo serviría a los intereses de la reacción, poniendo en peligro al nuevo régimen revolucionario. Efectivamente, la burguesía y los partidos conciliadores tomaron como bandera la defensa de la AC buscando constituir un organismo político el cual oponer al sistema soviético; detrás de su “defensa de la democracia”, la burguesía pretendía transformar la AC en el cuartel general de la contrarrevolución, en torno a la cual comenzaron los preparativos para provocar la guerra civil.

En los primeros días de enero (1918), justo antes de la fecha programada para la apertura de la AC, Lenin redacta “La declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado” –base de la primer Constitución soviética redactada medio año después-, la cual ratificaba los decretos y medidas que ya habían aprobado los Soviets: distribución de tierras; el control obrero; la nacionalización de la banca e industrias; la firma paz democrática y publicación de los tratados imperialistas; la autodeterminación de las naciones subyugadas. Este documento es presentado a la AC en su primer día de sesiones, y puesto al pleno para su aprobación; al ser rechazada por la mayoría de los delegados presentes, los bolcheviques deciden abandonar la asamblea, en la cual solamente permanecen impotentes los social-revolucionarios y los mencheviques. Al día siguiente, el gobierno soviético decreta la disolución de la AC y convoca a un III Congreso de los soviets en el cual se aprueba la Declaración y queda constituido formalmente el gobierno soviético.

El período de triunfos del gobierno soviético sufriría, sin embargo, un tremendo revés al proclamar su propuesta de paz que es rechazada por la mayoría de las potencias imperialistas. Los rusos se ven obligados a negociar con los alemanes una paz por separado, en circunstancias completamente desventajosas por la progresiva disolución del Ejército y la ruina económica. Sobreviene entonces una grave crisis interna del partido bolchevique, desatándose enconados debates en torno al tema de la paz. Por un lado, Lenin plantea la imposibilidad de resistir una ofensiva alemana con el nivel de desorganización militar y económica imperante –y sin la garantía de un rápido ascenso revolucionario en Europa-, por lo que firmar la paz salvaría las conquistas de la revolución y daría un respiro al gobierno soviético para constituir el Ejército Rojo; por otro lado, se formó una fracción encabezada por Bujarin que rechazaba rotundamente la firma de la paz por considerarla traición a los principios y pregonaba emprender una guerra revolucionaria de resistencia contra el ataque imperialista; en medio de ambas posturas, se posicionó Trotsky que sin aceptar la firma de paz, preconizó la terminación de la guerra y la desmovilización del ejército, bajo el cálculo de que el imperio alemán no pasaría a la ofensiva y, si lo hacía, aceleraría el acenso revolucionario de las masas alemanas y en el resto de Europa.

En febrero, los alemanes dictan un ultimátum y pasan a la ofensiva ocupando grandes porciones de tierra rusa, obligando al gobierno soviético a aceptar una paz profundamente deshonrosa, bajo condiciones tremendamente duras (anexión del territorio ocupado, secesión de Ucrania, millonarias reparaciones bélicas, etc.). Ello trae consigo una crisis política en el gobierno soviético pues los social-revolucionarios de izquierda y la fracción disidente de la dirigencia bolchevique abandonan sus cargos en el mismo, rechazando la firma bajo las condiciones impuestas por los alemanes. Esta situación se agrava aún más debido a que los años de guerra habían dejado al país en una profunda crisis económica, escasez de alimentos y materiales así como niveles altos de desempleo. En esas circunstancias el partido bolchevique, ahora solo en el gobierno, emprende una campaña por consolidar el sistema institucional soviético y avanzar en la fase de construcción económica, combatiendo la anarquía provocada por los capitalistas y por el hampa, estableciendo una férrea disciplina y control sobre la economía.

No obstante, el Tratado de paz de Brest-Litovsk dura muy poco pues aprovechando la crisis que sufría el país de los soviets, las potencias imperialistas pasan a la ofensiva con el fin de aplastar al Gobierno revolucionario, repartirse el territorio ruso y convertirlo en una semicolonia. Desde el inicio de la primavera habían desembarcado tropas extranjeras flanqueando las fronteras rusas, posicionándose para preparar el ataque (en el que participaron 14 países). Las potencias impusieron un bloqueo económico y avanzaron pretendiendo utilizar a los pequeños Estados bálticos recién independizados (Finlandia, Lituania, Estonia, Ucrania, Polonia) como bases para su ofensiva, empero, la política bolchevique de autodeterminación de las naciones logró neutralizar a la mayoría bajo la presión de las masas que se dispusieron a la defensa del poder soviético; sin embargo, las burguesías de Polonia y Ucrania aprovecharon el apoyo extranjero y su independencia para sustraerse del avance revolucionario en Rusia, convirtiéndose en baluartes de la contrarrevolución.

Mientras tanto, aprovechando la invasión imperialista, en el interior del país soviético la reacción se fortalece y arremete furiosamente desencadenando una guerra civil que duraría hasta finales de 1920. Conforme avanzaba la intervención extranjera se erigían gobiernos anti-soviéticos en los territorios ocupados; a su vez, los partidos derrotados en octubre forman un Directorio contrarrevolucionario junto con oficiales, burócratas y miembros de la nobleza exiliados en Europa que atacan desde distintos frentes; asimismo, los social-revolucionarios de izquierda y grupos anarquistas aprovechan el caos para intentar derrocar al Gobierno bolchevique, ejecutando atentados –uno de ellos contra Lenin- y propiciando la sublevación de tropas en las que tenían influencia (marinos de Kronstadt). Por su parte, los bolcheviques organizan la resistencia en toda la línea apelando a la organización, disciplina y audacia de las masas; en el terreno económico se generaliza la nacionalización de empresas (estatizando en un año casi toda la industria) y se lleva a cabo la conversión hacia una economía de guerra; en materia militar, se forma el Ejército Rojo improvisando el enrolamiento y armamento del pueblo así como la formación de regimientos y mandos militares en el fragor mismo de la batalla; en el ámbito político, se elimina a la oposición (excluyendo de los soviets a los demás partidos y encarcelando a sus dirigentes), se conforma una Comisión Extraordinaria (Checa) encargada de acabar con el sabotaje económico y político orquestado por la contrarrevolución y, se restringe la formación de fracciones dentro del partido bolchevique como forma de garantizar la unidad necesaria para el combate.

Tras el fin de la Guerra Mundial, con la derrota y disolución de los imperios austro-húngaro y otomano, la presión militar sobre el gobierno soviético se atenúa debido a la desocupación del territorio ruso por el Ejército alemán; asimismo, entre finales de 1918 y principios de 1919 estalla la revolución en Alemania y en Hungría, dando confianza y brío a la contraofensiva del gobierno soviético que anula el Tratado de Brest-Litovsk y avanza hacia las zonas que habían sido invadidas. No obstante, el fin de la guerra también permitió a las potencias vencedoras concentrar todos sus esfuerzos en contra de la Rusia revolucionaria, aumentando considerablemente el envío de tropas, aprovisionamientos y maquinaria bélica. Ello condujo a una exacerbación cada vez mayor del carácter reaccionario y restauracionista del ataque imperialista y de la guerra civil, lo cual orilló progresivamente a diversos sectores que habían apoyado inicialmente la cruzada anti-soviética, o permanecían indecisos, a posicionarse del lado bolchevique para combatir la contrarrevolución; conforme a ello, las filas del Ejército Rojo se engrosaron considerablemente y estallaron rebeliones contra los invasores por doquier; entonces, combinando el combate militar con la lucha insurreccional de las masas, el Ejército Rojo fue retomando uno a uno los territorios ocupados y restableciendo paulatinamente el poder revolucionario. Una vez aplastada la contrarrevolución en todo el territorio ruso, se constituye formalmente la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922, primer Estado obrero en la historia mundial.

Balance de la revolución de rusa: conquistas y resultados

La revolución rusa constituyó una combinación entre el levantamiento campesino contra los restos de servidumbre semifeudal que aún subsistían en las zonas rurales, una guerra nacional de las minorías étnicas contra el yugo gran ruso del imperio zarista (que llevaba siglos oprimiendo a diversas nacionalidades europeas y asiáticas), y una revolución política que inició con reivindicaciones meramente democráticas contra el régimen monárquico-autocrático de la dinastía Romanov pero que rápidamente adquirió -por la presión de los acontecimientos internacionales y el impulso de sus fuerzas sociales motrices- rasgos marcadamente anticapitalistas que llevaron el proceso a superar su fase democrático-burguesa hasta avanzar a conclusiones socialistas, debido a que la guerra mundial agudizó la crisis estructural del régimen, abriendo una grieta que supieron aprovechar los bolcheviques para conquistar el poder.

Otro fenómeno característico, fue el surgimiento de los soviets de obreros, campesinos y soldados, de manera paralela al gobierno provisional emanado de la revolución, generándose una dualidad de poderes. Estos organismos tuvieron tres funciones principales: primeramente, como órganos de representación de las clases explotadas y oprimidas, donde pudieron adquirir inmensa formación política experimentando un ejercicio democrático en la discusión de los temas acuciantes de la revolución y elección de sus propios diputados quienes votaban resoluciones en el Congreso soviético; en segundo lugar, los soviets fungieron como instancias de organización del pueblo, en las que el proletariado y el campesinado coordinaron la lucha desde sus diversos centros de trabajo, comunidades y frentes de batalla, llegando a convertirse los soviets en órganos insurreccionales donde se orquestó la toma del Palacio de Invierno; finalmente, los soviets se transformaron en órganos de poder, desde los cuales se administró el abastecimiento, se impartió justicia, se formaron milicias, entre otras funciones que ejercieron, desplazando al gobierno provisional e instaurando un nuevo gobierno revolucionario.

Una vez en el poder, los bolcheviques emprendieron una serie de medidas revolucionarias, formalizando iniciativas que ya venían siendo impulsadas por las masas pero, también, estableciendo derechos sociales, políticos, económicos y culturales fundamentales, igualando y hasta superando a las democracias burguesas más adelantados de la época. Así, la Constitución soviética proclamó: la expropiación sin indemnización de los terratenientes y repartición de tierras entre el campesinado; la separación Iglesia-Estado; conscripción militar y trabajo obligatorios (“quien no trabaja no come”); el control obrero en la industria; instrucción universal y gratuita para el pueblo; libertad de reunión, prensa y participación política –excluyendo del voto a todo aquel que viviera del trabajo ajeno; la promoción cultural y el reconocimiento a la autodeterminación de las minorías nacionales en una República federativa; avances históricos en los derechos de la mujer (despenalización de aborto, divorcio, igualdad jurídica plena, educación mixta, guarderías y comedores públicos, promoción de su participación política y derecho al voto, etc.); la nacionalización de la banca y empresas estratégicas lo que promovió un enorme desarrollo económico y tecnológico, base de la industrialización y panificación socialistas, que permitieron en unas décadas alcanzar el nivel de las principales potencias capitalistas.

La revolución rusa también tuvo repercusiones a escala internacional, pues constituyó un factor crucial en la terminación de la I Guerra Mundial al promover de manera inmediata una paz por separado y hacer públicos los tratados imperialistas, presionando a las potencias en conflicto que se vieron obligadas a concentrar sus campañas bélicas contra la naciente República soviética; igualmente, el ejemplo del glorioso pueblo ruso sirvió de aliciente a los trabajadores del resto de Europa y del mundo entero en la lucha por su emancipación, pues la victoriosa revolución rusa abrió una gran época de insurgencia, potencializando las luchas huelguísticas y revolucionarias del movimiento obrero europeo así como las luchas de liberación nacional que iniciarían en Asia y se extenderían por América Latina, África y el resto del Tercer Mundo en las décadas subsecuentes.

En ese escenario, la empresa más ambiciosa del bolchevismo tendría una proyección fuera de la República socialista, con la creación de la III Internacional en la cual se buscó materializar la conformación del Estado Mayor de la revolución mundial. La Internacional Comunista, cuya necesidad había sido prevista como consecuencia de la traición y bancarrota de la II Internacional durante la guerra, nació en 1919 efectuándose sus primeros 4 congresos antes de la muerte de Lenin (1924). En las discusiones y orientaciones programático-estratégicas de dichos congresos (acerca de la situación mundial y las perspectivas de la revolución; la construcción y defensa del socialismo en la URSS; las luchas nacionales y anti-coloniales; la táctica, organización y métodos de trabajo de los  partidos revolucionarios; la política hacia las organizaciones obreras reformistas así como hacia el campesinado y demás clases sociales; etc.) quedaron sistematizadas todas las enseñanzas del bolchevismo en la revolución rusa y la experiencia acumulada por el movimiento comunista internacional hasta entonces, dejando un legado invaluable para los revolucionarios de las generaciones siguientes.

Sin embargo, a pesar de las grandes conquistas de la revolución rusa, defendidas con el sufrimiento y la sangre de millones de obreros y campesinos que perdieron su vida en la guerra civil contrarrevolucionaria así como por la invasión imperialista, a los bolcheviques en el poder aún les aguardaba un largo camino para consolidar el régimen soviético, lo cual dependía de que lograran reactivar la economía y comenzar a dar los primeros pasos hacia la colectivización, industrialización y planificación socialistas, venciendo las resistencias, costumbres e ideologías de los sectores más atrasados de Rusia (principalmente en el campo y la burocracia) así como su aislamiento internacional, sabiendo que su éxito estaba condicionado, en última instancia, a que la revolución se extendiera exitosamente por Europa y el resto del mundo. No obstante, se conjugaban diversos factores contextuales que dificultaron estos objetivos.

En el escenario internacional, la revolución rusa había quedado arrinconada debido a la derrota que habían sufrido los estallidos revolucionarios surgidos en algunos países europeos tras el fin de la guerra mundial; si bien en los primeros años de la década de los 20’s prosiguió el auge revolucionario desbrozado por el octubre rojo, ninguno de esos procesos logró consolidarse victorioso, al contrario, en distintos países se originarían movimientos reaccionarios (como el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania) y regímenes dictatoriales que pospondrían la emergencia de un nuevo ascenso revolucionario por varios años.

Al interior de Rusia, la ruina económica y el cansancio entre las masas derivado de la guerra imponían serias limitaciones para impulsar una transformación económica directamente socializante; iniciar una colectivización en masa en el campo se toparía inmediatamente con un dura resistencia del campesinado que no estaría dispuesto a ceder las tierras que recién había adquirido; igualmente, el atraso de Rusia obstaculizaba una inmediata industrialización debido a la carencia de infraestructura, recursos materiales y técnicos especializados para impulsar un  acelerado avance científico-tecnológico; finalmente, la poca experiencia de las masas en el gobierno y la falta de cuadros burocráticos competentes para hacerse cargo de la administración del nuevo Estado soviético, dificultaba la gestión del vasto territorio ruso.

Frente a ello, Lenin trazó la Nueva Política Económica (NEP), apoyándose en el pequeño propietario rural así como en técnicos y funcionarios del viejo régimen, para impulsar reformas (incentivos al intercambio, el comercio y la inversión) a partir de las cuales se constituyeron relaciones económicas de tipo capitalistas pero bajo regulación estatal (Capitalismo de Estado), lo cual representaba un paso atrás en la senda hacia el socialismo pero resultaba necesario como mecanismo para ganar el apoyo mayoritario del campesinado hacia el régimen y con ello garantizar los insumos para alimentar a las ciudades y la industria, sentando las bases para avanzar en el mediano plazo hacia el socialismo de una manera gradual pero firme.

Finalmente, las últimas batallas del bolchevismo en vida de Lenin se concentrarán en los signos de burocratización que comenzaban a manifestarse tanto al interior del partido bolchevique como del Estado soviético, fenómeno que Lenin advirtió y contra el cual apeló a la iniciativa, creatividad y movilización de las masas para hacerse partícipes en la conducción de los órganos partidarios y administrativos del nuevo régimen. Sin embargo, al fallecer Lenin este fenómeno se agudiza debido, por un lado, a la desorientación política en torno a cómo proseguir la construcción del Socialismo y la lucha revolucionaria ahora sin la presencia del máximo dirigente bolchevique, por otro lado, a la política represiva generalizada y permanente que asumió el régimen soviético contra toda oposición tanto interna como externa al partido (con deportaciones masivas a los gulags siberianos, purgas partidistas arbitrarias, la colectivización forzada del campo, el exilio y/o exterminio de las principales figuras opositoras, hasta llegar a los procesos de Moscú), erigiéndose, finalmente, una casta burocrática que controló de forma monolítica al aparato partidario-gubernamental y, por medio de él, al conjunto del régimen soviético, transformándolo en un Estado obrero burocratizado.

Este fenómeno, llegó a afectar también a la Internacional Comunista (Comintern), la cual comenzó, a partir de su quinto congreso, a burocratizarse y a zigzaguear caóticamente en una serie de oscilaciones estratégicas que llevaron a la derrota de diversos procesos revolucionarios (China 1927, España 1934, Francia 1936, etc.) los cuales fueron frenados e, incluso, traicionados con el pretexto de salvaguardar a la URSS de las garras del imperialismo mundial. Se erigió así, como línea general, la política de “Socialismo en un solo país” la cual implicó, al interior de la URSS, una estrategia económica de industrialización acelerada, colectivización forzada y planificación burocrática implementada a costa de las masas trabajadoras mientras que, la estrategia mundial del Comintern, quedó reducida a la política exterior de la URSS, subordinándose las orientaciones político-tácticas de los diversos partidos comunistas afiliados a los cálculos e intereses geoestratégicos de la burocracia soviética.

Este proceso llegaría a su más dramática expresión en la II Guerra Mundial, durante la cual Stalin (quien tras la muerte de Lenin queda al frente de la URSS) pacta acuerdos militares primero con Alemania y luego con las potencias aliadas (EUA, Gran Bretaña, Francia), disuelve la Internacional Comunista como una manera de generar confianza en sus nuevos cófrades y termina participando de la repartición del botín de guerra, anexándose bajo su dominio diversos países de Europa oriental (incluyendo la mitad oriental de Alemania que queda dividida tras su derrota en la guerra). Finalmente, tras la muerte de Stalin (1953), inicia un período de “descongelamiento” en el cual los subsecuentes dirigentes de la URSS abjuran de los crímenes cometidos durante el Stalinismo, pero bajo ese manto ideológico, comienzan un supuesto proceso de “democratización” del régimen soviético que, sin embargo, llevó paulatinamente a la restauración del capitalismo en la URSS hasta llegar a su estrepitoso derrumbe entre 1989 y 1991. Con ello, dejaba de existir el primer Estado obrero de la historia, que se convertiría paulatinamente en una de las principales potencias económico-militares de la actualidad, baluarte de la reacción y garante del nuevo orden mundial emergido de la desplome del bloque socialista.

¿Qué legado reivindicamos del bolchevismo?

Tras la implosión de la URSS y conforme fue avanzando el proceso de restauración capitalista en la mayoría de los Estados obreros burocratizados (China, Vietnam, Cuba, etc.) -cuyos dirigentes se convirtieron en una burocracia aburguesada, soporte del capitalismo global-  desde la década de los 90´s las potencias occidentales arreciaron su campaña ideológica anticomunista  pretendiendo enterrar los ideales revolucionarios con que el bolchevismo había iniciado la construcción del poder soviético en Rusia y la lucha por la revolución socialista en el mundo entero.

Esta campaña hizo mella en las filas del propio marxismo militante pues muchas organizaciones, partidos e incluso corrientes internacionales enteras sucumbieron a la crisis ideológica sobrevenida tras el derrumbamiento del bloque socialista, poniendo en tela de juicio la viabilidad histórica del Socialismo como sistema socio-económico; la cientificidad del marxismo como herramienta teórico-práctica para analizar y transformar la sociedad e, inclusive, la posibilidad misma de acabar con el Capitalismo por vía de la revolución.

Conforme a ello, diversas tendencias políticas abjuraron del marxismo y, particularmente, de los principios organizativos, programáticos y estratégicos del bolchevismo: igualando al leninismo con el estalinismo y a la República soviética con los totalitarismos de corte fascista, acabaron rechazando el concepto leninista del partido, abjuraron del programa socialista borrando de su programa el término de dictadura del proletariado y deformaron los planteamientos tácticos del bolchevismo: la alianza obrero campesina, el frente único, la huelga general, la insurrección armada, los soviets como órganos de poder, entre otros.

A contracorriente de toda esta confusión generalizada y de la campaña ideológica contra el bolchevismo, nosotros insistimos en la necesidad de recuperar, aplicar y desarrollar -de forma crítica, creativa y adecuada a nuestros tiempos- las enseñanzas dejadas por Lenin y sus seguidores, para proseguir la lucha por el socialismo en el presente. Es por ello que finalizaremos este ensayo resumiendo la trayectoria formativa del bolchevismo y formulando algunas conclusiones respecto a la manera como nosotros entendemos y reivindicamos sus aportes como legado insoslayable dentro marxismo revolucionario.

 

En el recorrido histórico de los distintos períodos de lucha en que se formó el bolchevismo como corriente revolucionaria, vimos cómo se abrió paso en su lucha contra la vieja tradición populista así como con el naciente liberalismo ruso, a finales del siglo XIX; a principios del siglo XX, la lucha se da al interior del movimiento obrero contra las desviaciones economicistas que buscaban alejarlo de las cuestiones políticas mientras que, al interior de la socialdemocracia rusa, se libra una batalla de frente a los mencheviques que vociferaba contra el centralismo, la disciplina y el carácter conspirativo del partido obrero.

En 1905, el bolchevismo inmediatamente busca ponerse a la cabeza de la acción revolucionaria de las masas, extendiendo la huelga y empujando por pasar a la insurrección armada; sin embargo, tras la derrota hace lo posible por generar un repliegue organizado que permitiera conservar lo mejor posible la fuerza del proletariado para preparar mejor el próximo asalto revolucionario; para ello, combate las desviaciones ideológicas y las resistencias políticas originadas al interior del propio partido, forjándolo para aprender a adecuarse a las nuevas condiciones existentes.

Desde antes del inicio de la guerra, los bolcheviques fueron los únicos que sostuvieron una política firmemente internacionalista, afirmando la necesidad de aprovechar el conflicto imperialista para extender la flama de la revolución socialista por el continente europeo y el resto del mundo. Denunciaron el oportunismo de los principales dirigentes socialdemócratas que apoyaron las aventuras bélicas de sus respectivos países y propugnaron por la formación de una nueva Internacional capaz de acuerpar a los sectores más decididos y consecuentes del movimiento revolucionario a nivel mundial.

Al estallar la revolución de 1917 en Rusia, la mayoría de los partidos se alinearon con el Gobierno Provisional y su política belicista, apoyados en el sentimiento nacionalista despertado por la guerra en grandes sectores del pueblo ruso y justificados en la concepción de que, debido al atraso económico y cultural de Rusia, el carácter de la revolución en curso solo podía ser democrático-burgués, por lo que le correspondía a la burguesía dirigirla y tomar el poder, mientras el partido proletario solo jugaría un papel de apoyo  para lograr la instauración de una República democrática que permitiera todo un período de desenvolvimiento capitalista; solo entonces, la socialdemocracia podría fungir como oposición para ir desarrollando paulatinamente –en un lapso de décadas- la conciencia y organización del proletariado hacia la lucha por el socialismo.

A contracorriente de esta tendencia (prevaleciente también en la socialdemocracia internacional) , los bolcheviques sostenían que la única manera de garantizar que la revolución democrática cumpliese con sus tareas históricas y permitiera desarrollar aceleradamente el nivel de conciencia y experiencia del proletariado ruso hacia la lucha por la conquista del poder era si la clase obrera, con su partido independiente, se colocaba a la cabeza del proceso revolucionario en alianza con el campesinado y demás sectores explotados y oprimidos, impulsando la revolución en curso hasta sus últimas consecuencias, conformando un Gobierno obrero y campesino basado en el poder de los soviets.

Esta orientación de los bolcheviques fue posible debido a que desde 1916 Lenin había estudiado el advenimiento del imperialismo, como fase superior del capitalismo en la que sus contradicciones estructurales se exacerban, engendrando un período de crisis, guerras y revoluciones. Continuando su análisis, Lenin planteó que con la guerra mundial se había abierto una época revolucionaria, constituyendo Rusia el eslabón más débil de la cadena imperialista por lo que, a pesar del atraso ruso, a escala internacional se habían generado las condiciones materiales para avanzar hacia la revolución socialista, como preludio de la revolución en Europa y el mundo.

Ante la ofensiva contrarrevolucionaria, supieron aplicar una táctica flexible arraigada en el análisis concreto de la relación de fuerzas en cada etapa del proceso, y en el sentir de las amplias masas populares, con lo cual pudieron resistir, sobreponerse y pasar a la contraofensiva. Se pusieron a la vanguardia de la resistencia contra los intentos reaccionarios que pretendían ahogar en sangre a la revolución, complotando con las fuerzas del viejo régimen zarista y con las potencias extranjeras. Para ello, aplicaron la táctica de Frente Único con las demás fuerzas revolucionarias para aplastar a la contrarrevolución pero, asimismo, denunciando su política de concesiones y negociaciones con el Gobierno, buscando frenar el impulso revolucionario de las masas.

Conforme se desenvolvía el ascenso revolucionario, la labor de agitación de los bolcheviques, así como la claridad de su programa, propiciaron que lograran conquistar a la mayoría de los sectores obreros y campesinos organizados en los soviets y, asimismo, el que una gran parte del Ejército permaneciera neutral o se pasara directamente al bando revolucionario. Los bolcheviques fueron los únicos que supieron mantener una política firme sin conciliaciones con los reaccionarios, denunciando las dilaciones del Gobierno Provisional para finalizar la guerra y convocar elecciones a la Asamblea Constituyente, planteando a las masas obreras y campesinas que la única manera de obtener sus anhelos de “tierra, pan y paz” tras años de miseria, hambre y guerra, era derrocar al Gobierno Burgués por vía de la Huelga General combinada con la insurrección armada, pasar ¡Todo el poder a los Soviets! y constituir un Gobierno soviético -cimentado en los concejos de obreros, campesinos y soldados- que implementara inmediatamente un Programa revolucionario.

Con ello, los bolcheviques fueron capaces de ganarse a los sectores más decididos del proletariado y arrastrar detrás suyo a las demás clases explotadas y oprimidas de Rusia, atreviéndose a tomar el cielo por asalto para conquistar el poder político a pesar de las advertencias y oposición de los demás partidos revolucionarios, y logrando sostenerse en contra de la resistencia mancomunada de la contrarrevolución nacional y la intervención extranjera. Sin embargo, así como pudieron lanzar una resuelta ofensiva insurreccional para hacerse del poder, también supieron llegar a acuerdos -aunque fuesen temporales- con otras fuerzas (haciendo suyo el programa agrario social-revolucionario y formando un gobierno de coalición con ellos), pactaron con el imperialismo alemán un tratado de paz con tal de salvar las conquistas revolucionarias e implementaron un plan económico de concesiones al capital y al campesinado –aunque implicase un momentáneo retroceso- con el fin de lograr afianzar el nuevo Estado socialista.

Así, el bolchevismo se decantó como una corriente principista y consecuente, deslindándose y combatiendo la influencia de diversas tendencias en el movimiento revolucionario en general y dentro del movimiento socialista en particular. En el terreno teórico, se destacó la labor de Lenin refutando el romanticismo económico de los populistas, el positivismo sociológico del marxismo academicista, el escepticismo metafísico de los filósofos “marxistas” vueltos al neokantismo y el eclecticismo revisionista enquistado en la socialdemocracia; ello lo hizo defendiendo y aplicando los postulados de la economía política, el socialismo científico y la filosofía marxistas, sin concebirlos como un dogma muerto o una receta esquemática sino considerando al “marxismo como una guía para la acción”, siempre aplicándolo para “el análisis concreto de la situación concreta”.

En el ámbito político-ideológico, el bolchevismo luchó contra el apoliticismo preconizado por corrientes economicistas y anarco-sindicalistas al interior del movimiento obrero; igualmente, contra el aventurerismo de corrientes pequeñoburgueses radicalizadas que apostaban a la movilización espontánea de las masas y a la acción directa de pequeños grupos aislados; asimismo, libró una batalla intransigente contra toda manifestación de oportunismo al interior del movimiento socialista, denunciando su política conciliadora, su táctica reformista, su rechazo a la disciplina militante y su abandono de los postulados programático-estratégicos del marxismo, que rebajaban el programa socialista a una mera lucha por mejoras dentro de los marcos de la democracia burguesa y sacrificaban la independencia de clase del proletariado.

Por su parte, los bolcheviques pugnaron siempre por promover la participación política del proletariado y las masas oprimidas como una forma de desarrollar su nivel de formación, organización y experiencia; en ese mismo sentido, apoyaron toda lucha reivindicativa de la clase obrera y demás sectores explotados, sabiendo usar las conquistas obtenidas como una forma de aliviar momentáneamente las condiciones de vida de las masas pero, sobre todo, de hacerles entender, a través de su propia experiencia, que la lucha por reformas no es suficiente sino que se requiere la lucha revolucionaria para acabar con las causas históricas y sociales de su opresión y explotación; sin verlo de manera estática, al contrario, sabiendo pasar de una forma a otra de lucha, no rechazando por principio ninguna de ellas sino adecuándose a la relación de fuerzas y a la disposición de las masas para el combate.

En cuanto al ámbito organizativo, los bolcheviques siempre defendieron la necesidad de salvaguardar la independencia política de la clase obrera constituyéndose en un partido propio como mecanismo para rechazar la influencia político-ideológica de la burguesía y otras clases extrañas al proletariado pero ello, sin menospreciar la formación de alianzas sino, al contrario, sabiendo utilizar toda oportunidad para llegar a acuerdos con otras fuerzas en situaciones que así lo requerían, bajo objetivos y temporalidades bien definidas, siempre con el fin de unificar la lucha de las masas sin dejar de denunciar las vacilaciones y criticar los errores de los demás partidos.

Es así como los bolcheviques formularon las líneas generales del programa y la estrategia del movimiento comunista internacional, dejando un gran legado de enseñanzas sobre la manera como supieron combinar una férrea disciplina organizativa y una firme intransigencia en los principios políticos con una flexibilidad táctica audaz que les permitió desenvolverse en los distintos períodos del proceso revolucionario, aprendiendo a avanzar en los momentos de auge y retroceder en los momentos de reflujo, sabiendo utilizar las instituciones parlamentarias para agitar entre las masas las consignas socialistas pero también sabiendo dejar de lado dichos organismos cuando el ascenso revolucionario llevaba a situaciones de crisis que imponían pasar a las formas superiores de lucha, hasta llegar a la insurrección armada.

Política principista pero flexible del bolchevismo que le permitieron adecuar su táctica ante los bruscos virajes de la situación política en medio de una gran guerra mundial y una crisis revolucionaria. No obstante, todo ello fue posible porque pudieron contar con una enérgica y experimentada dirección con la sagacidad, consecuencia y firmeza de Lenin, así como con un partido obrero templado en las más duras condiciones del exilio, la represión y la guerra, fuertemente disciplinado y centralizado pero suficientemente democrático para permitir la más amplia discusión interna y arraigado en estrechos lazos con las masas explotadas y oprimidas del pueblo.

Con todo lo antes expuesto, esperamos haber dado un panorama general del bolchevismo y su legado histórico. Por nuestra parte, nos mantenemos firmes en la necesidad de formar un partido obrero revolucionario estrechamente ligado al proletariado y el campesinado así como a las capas sociales más oprimidas de nuestra sociedad; reivindicamos la urgencia de formar una dirección revolucionaria a escala nacional e internacional capaz de dirigir la lucha de las masas por su emancipación, en combate contra las desviaciones oportunistas y sectarias de las dirigencias del movimiento obrero y social; finalmente, apostamos por la construcción de una nueva Internacional, cimentada en la elaboración de un programa revolucionario que responda a las condiciones actuales marcadas por la crisis civilizatoria del Capitalismo global y la aparición de nuevos fenómenos de la lucha de clases a nivel mundial.

En el centenario de la revolución socialista de octubre, gritamos junto con la clase obrera y los pueblos explotados y oprimidos del mundo entero:

¡Viva la Revolución rusa!

¡Viva el legado histórico del bolchevismo militante!

¡Viva el internacionalismo proletario!

¡Por la construcción del Partido de la Revolución Socialista Mundial!