Alexis Jovan

Un escenario internacional convulsivo

El capitalismo global vive una crisis económica profunda de la cual no ha podido recuperarse en una década. Los detonantes fueron las burbujas financieras provocadas por la especulación en los mercados bursátiles, pero la crisis responde a causas estructurales al largo plazo que han generado el desplome de los precios de las materias primas (principalmente del petróleo), la desaceleración del crecimiento económico de China (que hasta hace unos años había sido el motor que sostenía la economía internacional) y el estancamiento económico de los países europeos (que llevan años con grandes índices de desempleo).

Estados Unidos ha podido tener una relativa recuperación económica solamente a costa de elevar por los cielos su endeudamiento (que traspasa muchas veces su PIB) y de emprender una política proteccionista que lo único que logrará será aumentar el desequilibrio de la economía estadounidense e internacional, tensar aún más la situación geopolítica con sus rivales imperialistas (principalmente Rusia y China), sin poder revertir el declive hegemónico en el que se encuentra desde hace décadas, cuya mayor secuela es el arribo de Donald Trump a la presidencia, hecho que ha desatado la ola de protestas más grande y sostenida que ha tenido Norteamérica desde las movilizaciones contra la guerra de Vietnam en los ‘60 y contra la guerra de Irak en 2003.

Si a lo anterior sumamos  la enorme huelga que convocó a más de 150 millones de trabajadores en la India a mediados del año pasado; las sostenidas movilizaciones de los trabajadores europeos contra las medidas de ajuste de la Troika;  las creciente ola de luchas obreras en China así como las multitudinarias protestas que llevaron a la caída de la presidenta de Corea en Asia; los paros convocados por las centrales sindicales y la juventud brasileña y argentina contra las reformas privatizadoras de sus gobiernos; entonces, tal parece que, lo que algunos manejan como un “ascenso de la derecha” a nivel mundial, en realidad expresa la exacerbación de las contradicciones capitalistas y el desgaste del modelo de globalización neoliberal que ha llevado a una creciente polarización social y corrosión política lo que, por un lado, ha generado fenómenos reaccionarios en diversas regiones (Daesh en Medio Oriente, Lepen en Francia, Macri y Temer en Latinoamérica, Trump en EUA) pero que, también y sobre todo, ha impulsado a las masas populares y de trabajadores a nivel global a salir a las calles luchar para defenderse ante la embestida de la burguesía internacional.

Una situación nacional inédita

Todos los elementos de la situación internacional que acabamos de mencionar establecen una doble dinámica pues a la vez que dificultan los proyectos imperialistas en todo el mundo, le imponen con urgencia a la burguesía la implementación de sus paquetes de ajuste estructural en cada país como vía para garantizar las tasas de ganancia del capital transnacional, a partir de un mayor despojo y cancelación de derechos históricos. Esta es una lógica estructural del sistema capitalista de la cual México no puede abstraerse, menos aún al ser un país dependiente económicamente y subordinado políticamente al imperialismo, principalmente norteamericano. Lo cual queda de manifiesto en el mediocre desempeño económico del país, con una deuda que ya alcanza más del 50% de su PIB, una creciente devaluación del peso e inflación (agudizada con el gasolinazo) que ha hecho subir los precios de la mayoría de productos y servicios, poniendo al país en peligro de caer en recesión económica.

Lo anterior ha conducido a que, a lo largo del sexenio de Peña Nieto, México se haya convertido en un polvorín que está esperando una mecha para estallar. La crisis de legitimidad y gobernabilidad que padece el régimen se ha venido pronunciando aceleradamente conforme el gobierno mexicano ha intentado implementar a sangre y fuego el conjunto de reformas acordadas en el Pacto por México, mismas que se han topado con la resistencia del pueblo; prácticamente, no ha habido un solo año durante este sexenio en que no hayan surgido masivas protestas que despiertan cada vez a nuevos sectores a la lucha.

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El presente año de 2017 es un claro ejemplo de esto pues, desde el primer día de enero, explotaron masivas y contundentes protestas contra el aumento de precio a las gasolinas, protagonizadas por organizaciones campesinas y gremios transportistas, a los cuales se sumaron de manera espontánea y generalizada sectores sociales de la más diversa índole; en más de la mitad del país se realizaron marchas, bloqueos carreteros, cercos a gasolineras, tomas de palacios gubernamentales y demás acciones. Y aunque en la actualidad, la efervescencia inicial contra el gasolinazo ha decaído, el movimiento no fue derrotado sino, al contrario, logró cancelar los segundos aumentos y aplazar la liberación de precios, impulsar y articular diversas resistencias locales y se prepara para emprender con más fuerza una nueva jornada de lucha en lo que resta del año y hacia 2018 que se perfila como un año explosivo.

Este panorama resulta tremendamente difícil para el conjunto del régimen y, particularmente, para el gobierno de Peña. La clase política y empresarial del país no halla cómo zanjar sus divisiones internas que se expresan en el intento de todos los partidos de oposición (PAN, PRD, MORENA, PT, etc.) por capitalizar electoralmente el descontento generalizado de la población respecto a Peña y su gabinete; ya ni siquiera la propia burguesía está contenta con el actual gobierno y algunos sectores están volteando a ver otras opciones, como AMLO quien ha dado un giro conservador cada vez mayor para tratar de posicionarse ante los verdaderos dueños del país como una alternativa viable que respetará los intereses de los capitalistas nacionales y extranjeros en México, defraudando las esperanzas que miles de personas tienen en que su partido, MORENA, logrará impulsar un cambio profundo en el país.

Bajo estas circunstancias, se están dando una serie de realineamientos entre las distintas fuerzas políticas del régimen. Ni los de abajo ni los de arriba quieren a Peña, pero mientras las masas populares están buscando echar abajo este gobierno, las diversas facciones políticas institucionales saben que el gobierno de Peña está más débil que nunca y están tratando de sostener al presidente para evitar que caiga por vía de la movilización revolucionaria del pueblo y ello abra una crisis política más profunda aún, que eche abajo no solo al actual gobierno sino a todas las instituciones y partidos del sistema político.

De ahí que ciertos sectores ligados al empresariado mexicano (como la señora Miranda de Wallace) buscaron aprovechar el sentimiento nacionalista despertado por la arrogancia de Trump frente a México, para promover una política de “unidad nacional” y convocar la marcha #Vibra México la cual, en vez de aglutinar al pueblo en torno a la figura presidencial de Peña Nieto (como querían sus organizadores), puso de manifiesto su completa falta de credibilidad así como el creciente repudio de la población, expresando un cambio cualitativo en las condiciones subjetivas y nivel de conciencia del pueblo que se ha elevado en su capacidad de discernimiento y disposición para la lucha.

Entonces, los de arriba no se ponen de acuerdo en cómo evitar una posible caída de Peña y garantizar un traspaso pacífico del poder en 2018 pues, mientras los partidos de oposición intentaron montarse en las movilizaciones para controlarlas y canalizarlas hacia la vía electoral como un mecanismo para recomponer la situación crítica del régimen; por otro lado, el PRI con sus organizaciones corporativas, buscaron implementar tácticas de miedo (saqueos con grupos de choque) como forma de disuadir la movilización social, lo cual le salió contraproducente al gobierno pues la gente se dio cuenta de sus artimañas; además, la fuerza de la movilización neutralizó la represión e, inclusive, logró doblegar militarmente a las fuerzas del orden como en el caso de Ixmiquilpan, donde el pueblo corrió a la Policía Federal, hecho que ya no es casual o aislado sino que la confrontación y derrota de la policía por las masas se va convirtiendo en una constante como ocurrió durante las movilizaciones en Guerrero por Ayotzinapa, en Nochixtlán, Oaxaca, durante el movimiento magisterial, y ahora en las protestas contra el gasolinazo.

Frente a ello, los sectores más reaccionarios del régimen buscan aprobar una Ley de Seguridad Interior, la cual dotaría de atribuciones extraordinarias al presidente para decretar la suspensión de garantías en situaciones de desastre y desestabilización política, y legalizaría la actuación bajo total impunidad de las Fuerzas Armadas como instrumento para afrontar la creciente movilización popular; estas medidas son claras señales del debilitamiento del régimen que busca recuperar fuerza blindando al Ejército y demás fuerzas represivas, ante la eventual necesidad de disolver violentamente las acciones de protesta de la población, que se expanden y radicalizan progresivamente, por lo que al gobierno ya no le basta con el uso ordinario de las fuerzas policiales.

Necesitamos construir un referente político nacional

El fracaso de la política de unidad nacional, lejos de expresar un  fortalecimiento del gobierno, que pondría sobre la mesa la posibilidad de una salida autoritaria a la actual crisis política que viven el país, lo que pone de manifiesto es el aislamiento y la fragmentación en  que se encuentra el régimen político mexicano. Por otro lado, el movimiento social se halla en estos momentos en un período de acumulación de fuerzas y articulación orgánica, situación de equilibrio inestable que pone a la orden del día, la preparación de las condiciones para lograr pasar a la ofensiva y echar abajo a Peña y sus reformas. Para eso requerimos constituir un gran referente político nacional que aglutine a los sindicatos, pueblos originarios, comunidades campesinas, asambleas barriales y populares, comités estudiantiles y demás organizaciones democráticas e independientes dispuestas a impulsar un plan de lucha unitario para barrer con las instituciones de este régimen corrupto y servil, para instaurar un Gobierno de los trabajadores y demás sectores populares de la ciudad y del campo, como única vía para lograr construir un México libre, soberano y socialista.

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