Xóchitl Katari y Edgar López

A partir del año 2000, la unipolaridad hegemónica de EEUU se ve socavada, no solo por la competencia capitalista entre potencias como Japón, Rusia y China sino, sobre todo, por la derrota que le asestaron los pueblos sudamericanos en los procesos revolucionarios ocurridos a inicios del siglo XXI. El imperialismo yankee que siempre ha reclamado a Latinoamérica como bastión económico y político, no pudo establecer el ALCA y luego tuvo que retroceder con el ATP debido a su derrota frente a las masas latinoamericanas que expulsaron por la fuerza a sus empresas. Sin embargo, esa etapa se ha cerrado y estamos presenciando nuevos ataques reaccionarios en América Latina que muy probablemente se profundizarán con la llegada de Donald Trump a la presidencia norteamericana.

Lo anterior no debe llevar a desestimar los procesos históricos que vivieron países como Venezuela, Bolivia, Argentina, Ecuador y Brasil, pues fueron luchas que derrocaron a gobiernos derechistas-neoliberales mediante la acción revolucionaria de trabajadores, campesinos, mujeres, indígenas y sectores populares, pero que fueron truncadas al ser contenidas y desviadas hacia instancias democrático-burguesas (como elecciones y Asambleas Constituyentes controladas burocráticamente) por sus direcciones reformistas, lo cual llevó a la instauración de gobiernos nacional-populistas elegidos por las masas, obligados a dar concesiones sociales, pero que no rompieron con los intereses capitalistas nacionales e internacionales, ni llevaron a cabo medidas antiimperialistas profundas que garantizaran el desarrollo independiente de los pueblos. Estos procesos son la prueba irrefutable de que las revoluciones deben llevarse hasta el final o serán conducidas a su derrota.

La etapa de los gobiernos progresistas ha concluido como resultado de sus propias contradicciones. En primer lugar, la caída de los precios internacionales de las materias primas rompió la burbuja económica de estos gobiernos- cuya prosperidad momentánea habían aprovechado para repartir prebendas y cooptar a líderes de movimientos sociales- por lo cual, ahora ya no tienen los recursos suficientes para controlar al pueblo con medidas clientelares y asistencialistas. En segundo lugar, los caudillos tropezaron con su propio pie. El alto nivel de corrupción, la represión hacia el movimiento social disidente y la traición al pueblo que votó por ellos, los condujo a perder legitimidad derivando en una profunda crisis política cuyo caso más emblemático fue la destitución Dilma Rousseff en Brasil.

La investidura progresista de estos gobiernos nacional-populistas causó confusión entre la izquierda y desorientación entre las masas. Sin embargo, las masas no fueron derrotadas en este proceso; en cuanto a esos gobiernos comenzaron a arrebatarles de forma agresiva sus conquistas sociales, las masas han salido a defenderlas; el problema es que han sido protestas espontáneas y sin una perspectiva unitaria de largo alcance.

Esa inconformidad social contra el desgaste tanto del neoliberalismo como del reformismo populista, sumado al vacío de una dirección revolucionaria firme, la está tratando de aprovechar la derecha pro-imperialista para re-posicionarse en los gobiernos que perdieron durante los procesos revolucionarios del 2000, como hemos visto en las últimas movilizaciones que piden la destitución de Maduro en Venezuela.  Por otro lado, tenemos al MAS en Bolivia quien, desde su ascenso al gobierno andino (2006), ha integrado con éxito a la misma derecha cruceña en una relación política de colaboración de clases y coalición gubernamental contra el pueblo.

Es así que, hemos entrado en un período reaccionario en América Latina que incluye el viraje a derecha de los regímenes latinoamericanos. Sin embargo, estos triunfos reaccionarios, no significan un ascenso político-ideológico fuerte de la derecha debido a que carecen de una base amplia. Lo determinante continúa siendo la movilización de las masas y no las conjuras o intentonas golpistas artificiosas del imperialismo. La instauración de gobiernos reaccionarios se han dado en un clima de abierto rechazo popular hacia ellos, manteniéndose así el estado de inestabilidad política con gobiernos reaccionarios débiles surgidos en una etapa histórica -abierta con la crisis económica mundial de 2008- caracterizada aún por ser revolucionaria.

Solo en Brasil y en Venezuela la derecha cuenta con cierta fuerza electoral y (más peligroso aún) con una base movilizada, sobre todo entre las clases medias quienes en su desesperación por recuperar o conservar su nivel de vida, se apegan a quien por el momento muestra una actitud firme que promete garantizarles su seguridad: Macri (Argentina), Temer (Brasil). Igualmente, el caso de Colombia se inscribe en los triunfos momentáneos de la derecha, con el expresidente Álvaro Uribe a la cabeza, al ganar el “No” en el plebiscito nacional sobre los Acuerdos de Paz firmados por el presidente J. Manuel Santos y la guerrilla de las FARC. Sin embargo, estos acuerdos eran tan cínicos que no podían ser apoyados por el pueblo colombiano ya que pretendían otorgar total impunidad para los paramilitares así como plena amnistía y legalización a la guerrilla a través de la concesión de escaños en las cámaras sin que pasen por el voto popular.

En todo este proceso las direcciones de izquierda han sido titubeantes, reformistas o sectarias con una influencia casi nula en las masas. Es el caso del PSTU en Brasil que se aisló de las movilizaciones masivas anti-impeachment; lo cual no significa que se debía defender el gobierno de Dilma sino, sobre todo, defender junto con las masas las conquistas sociales y democráticas. Mientras que con los partidos o gobiernos reformistas golpearemos juntos al imperialismo y a la derecha, marcharemos por separado y los denunciaremos en todo momento como aquellas direcciones traidoras que han paralizado la lucha de los pueblos hacia su completo triunfo (PT, MAS, los Kirchner, Ortega, Correa, Tabaré, Maduro, etc.).

En este nuevo periodo es fundamental centrarnos en tumbar a los gobiernos reaccionarios, para ello debemos recoger todas las lecciones históricas que nos ha brindado el proceso revolucionario de principios de siglo. Ante la realidad convulsa a la que nos enfrentamos por la voracidad del capital mundial en su desesperación debido a la crisis en la que se encuentra, es indispensable entender que la falta de un referente político en América Latina para los trabajadores es producto de la incapacidad organizativa de la izquierda revolucionaria, la ausencia de un trabajo entre las masas así como el fortalecimiento de cuadros políticos consecuentes. Por ello, llamamos a la construcción de partidos revolucionarios articulados en una coordinación regional que se disponga a rescatar las victorias históricas así como defender las conquistas sociales y democráticas de los pueblos latinoamericanos e ir adelante hacia el establecimiento de una Federación de Repúblicas Socialistas Latinoamericanas.

¡ABAJO TEMER, MACRI, ÁLVARO URIBE Y DEMÁS GOBIERNOS REACCIONARIOS!

¡POR LA CONFORMACIÓN DE GOBIERNOS DE LOS TRABAJADORES, CAMPESINOS, INDÍGENAS Y SECTORES POPULARES!

¡POR LA UNIDAD DE LA LUCHA ANTIIMPERIALISTA EN AMÉRICA LATINA!

¡CONSTRUYAMOS PARTIDOS OBREROS REVOLUCIONARIOS COORDINADOS EN TODA LA REGIÓN LATINOAMERICANA!

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